Levis y el caso de las tablas crujientes

 

Tras la aventura canaria de conexiones mafiosas June y Levis andaban como colocados de opiáceos, con la laxitud que provoca el bajón de la adrenalina, deambulando un poco como si fueran zombies apocalípticos, tanto que Pino parecía el espabilado de la agencia. Tras la actividad frenética de su último caso, la vida diaria se les antojaba algo lenta y tediosa, como si caminaran arrastrando sus pies por pantanos interminables. Hasta que una mañana Pino le dijo a June que tenía una llamada.

  • Dime Pino

  • Hay una chica que pregunta por ti June, una tal Liviana Kilos

  • ¿Quién?

  • Liviana Kilos, vaya nombre por cierto, será delgada digo yo. Dice que llama desde Pura Vida Yoga Surf Camp.

  • Vale, pásame la llamada Pino

  • Buenos días ¿Con quién hablo?

  • ¿June? Soy Leilani, Leilani Quiros de Costa Rica.

  • ¡Leilani! Pura vida. Qué alegría saber de ti.

  • Pura vida June ¿Qué tal estás?

  • Bien, no me quejo, para el caso que nos hacen. ¿Y tú qué tal estás?

  • Muy bien. Ya veo que tú sigues igual de positiva e irónica. Llamaba para hablarte de un extraño problema que estamos teniendo últimamente en el surf camp. Igual nos podéis ayudar.

  • Encantada Leilani y gracias por confiar en nosotros. Dispara.

Leilani le hizo un resumen, lo más detallado posible, de los sucesos de los últimos meses que habían desencadenado en la llamada de auxilio a la agencia de June y Levis. Al parecer, y sin razón aparente, todas las tablas de surf del surf camp, y las de sus clientes, se estaban partiendo en dos. En cuanto entraban a surfear, las tablas no duraban de una pieza ni media hora. Y todas eran de diferentes marcas y materiales.

Tras la conversación, June se reunió con Levis para comentarle el caso. Los dos estuvieron de acuerdo en aceptarlo, Leilani era muy buena chica y aquí no tenían nada importante que hacer. Así que le mandaron un e-mail aceptando el caso y adjuntaron el presupuesto, algo más bajo de lo normal, ya que Leilani era una buena amiga. Además, tras el último caso, la economía, por primera vez en mucho tiempo, no era un problema. Como hubiera dicho la popular tonadillera Marujita Díaz “nadaban en la ambulancia”. Aunque el vil metal rara vez suponía un problema, ni June, ni Levis le daban excesiva importancia al dinero, el justo y necesario. Como le gustaba decir a Levis, parafraseando a Wayne ‘Rabbit’ Bartholomew “Valoro más a la gente por lo que da, que por lo que tiene”. A la temprana edad de 14 años Levis había aprendido de golpe y porrazo que lo verdaderamente importante en la vida era el tiempo y lo que hacías con él, no la plata.

Una vez que Leilani aprobó el presupuesto, June se puso a buscar los vuelos al país centroamericano, mientras Levis arreglaba la agenda de la agencia para ajustarla y aplazar las posibles citas o reuniones hasta la vuelta. Tampoco es que su empresa fuera una multinacional y salvo retrasar un par de reuniones, poco tuvo que hacer. Levis rumiaba si decirle a Pino que se viniese con ellos a Costa Rica. Como siempre, se lo comentó antes a June, que no solo aceptó, si no que le pareció una buena idea que todos se tomaran unas seudo vacaciones juntos. Había que ver la cara del bueno de Pino cuando se lo dijeron, la sonrisa no le cabía en la cara, saltaba como las palomitas en el microondas.

A pesar de que Longgone llevaba toda su vida viajando, la noche antes de la partida nunca dormía bien, la excitación del inminente viaje no le dejaba conciliar bien el sueño. Cuando el despertador sonó a las 5 de la mañana, Levis casi lo agradeció. Los lisérgicos sonidos de las armónicas y las guitarras, junto a las peculiares voces de Bob “The Bear” Hite y Alan “Blind Owl” Wilson, de los Canned Heat, pronto le despejaron la mente. “On the Road Again” y “Going Up The Country” le acompañaron mientras estiraba y se preparaba el zumo de manzana, fresas, kiwi, plátano y pomelo. Levis sonrió al recordar las gafas “culo de vaso” que Alan Wilson calzaba y que le había dado su apodo. Siempre había pensado que escuchar en 1968, por primera vez esos sonidos, tenía que haber sido la ostia. Menudos músicos eran los Canned Heat: Larry “The Mole” Taylor al bajo, Adolfo “Fido” de la Parra a las baquetas, Henry “Sunflower” Vestine a la guitarra, más Bob y Alan. Seguro que no necesitaban pantallas gigantes y juegos de luces de millones de euros para hacer vibrar al público.

Su gran amigo “Walsy” se había ofrecido a llevarles al aeropuerto a esas “ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador” que decía Sabina. Walsy era todo corazón, a eso y a madrugar no le ganaba nadie, Levis sospechaba que había sido búho en su última reencarnación.

Loiu – Madrid, Madrid – San José de Costa Rica era el menú de las siguientes 16 horas, contando la espera en Barajas, ahora llamado Aeropuerto internacional Adolfo Suárez, al menos hasta que descubrieran alguna mancha en el pasado del ex-presidente, como una antigua cuenta offshore o un apartamento no declarado por sus herederos.

Aterrizaron en el aeropuerto internacional Juan Santamaría a las 5 de la tarde hora local, el sol herido de muerte descendía a la velocidad que solo lo hace cerca del ecuador y antes de que se dieran cuenta, la noche con su manto de estrellas lo cubría todo. Nada más salir, el sofocante calor del trópico y los taxistas se les echaron encima, ofreciendo ofertas sobre recorridos a la capital o a la costa. Levis habiendo visitado el país 4 veces ya, dijo en voz alta “Tranquilos, vamos a Alajuela” En cuanto oyeron “Alajuela”, población cercana al aeropuerto, la nube de taxistas desapareció como el agua en la arena, no sin que uno antes dijera “Usted ya estuvo aquí, ¿verdad?” Levis siempre iba al mismo hotel en Alajuela, el Brilla Sol, para pasar la primera noche antes de irse hacia la costa. El shuttle del hotel les esperaba a la salida del aeropuerto, metieron las tablas y en un periquete se plantaron en el hotel. Una cena rápida y para el sobre, June a su habitación y Levis y Pino a la suya.

A las 8 de la mañana ya estaban todos desayunando, con el equipaje metido en el 4 x 4 de alquiler, para salir sin demora hacia la costa. Como iban al norte de la península de Nicoya, cogieron carretera dirección Atenas, para dar con la interamericana hacia Liberia. Levis guardaba un recuerdo amargo de aquella bonita ciudad. En su primer viaje al país centroamericano tuvo una infección por shigella, una bacteria que le dejó más tirado que una iguana al mediodía. Tras 4 horas de viaje, débil y con intensos dolores de tripa, Levis tuvo que exhortar a su amigo Jakue, para que parase en el primer sitio que pudiese. Salió escopetado del coche justo a tiempo de bajarse las bermudas en el primer sitio que vio medio a cubierto, para aliviar la diarrea cabalgante que le hizo perder 4 kilos en 3 días. El proceso de apretón, carrera entre las hierbas, bajada de pantalones y concierto de trompetas fue una constante durante esos días, con la paranoia metida en la cabeza de las serpientes e insectos varios, que podían estarle acechando entre las hierbas.

Desde Liberia pusieron rumbo para la costa del Pacífico y tras pasar por Filadelfia y Belén, llegaron al cruce de Tamarindo, en el cantón de Santa Cruz, donde se desviaron para Playa Grande, en el lado norte del estero del río Matapalo. Tras 5 horas de viaje, incluida una parada en una pequeña soda para estirar las piernas y tomar unos jugos, June, Pino y Levis se encontraban delante del Pura Vida Yoga Surf Camp. El watchiman les abrió la verja, y tras pasarla, aparcaron a la sombra de un precioso guanacaste, árbol que da nombre a la provincia.

De pie, en la entrada, les esperaba Leilani. De delicadas facciones y estatura media, Leilani era de una belleza sutil, muy alejada de esa belleza agresiva llena de silicona y botox, tan de moda en la telebasura. Su cuerpo definido, sin llegar a ser musculoso, hablaba de una vida al aire libre llena de deporte. Una sincera sonrisa que abarcaba todo su rostro, junto a unos ojos almendrados completaban el agradable conjunto.

  • Pura vida June

  • Pura vida Leilani.

Tras un sentido abrazo de las dos amigas, June presentó a Levis y a Pino a Leilani, quien tras los besos de rigor les acompañó a las habitaciones para que pudieran dejar el equipaje, citándoles 15 minutos después en la terraza que tenía el edificio central en la parte superior del mismo. Construido en madera, a base de bambú del jardín trasero, variedades locales y trozos traídos por el mar a la playa, el edificio central tenía dos plantas. En la parte inferior se encontraba la recepción, con una cómoda sala de espera bien ventilada, y en la parte superior estaba el restaurante con la terraza mirando, por encima de la copa de los árboles, al mar. Al entrar Levis se fijó que a June, como a él, se le iban los ojos a las olas de un par de metros de cara, que rompían justo al otro lado del pequeño tramo de jungla de 10 metros, que separaba el hotel de la nívea arena de la playa. Leilani también se fijó en la mirada que June y Levis le echaban a las olas que en ese momento rompían y tras sonreír les dijo:

  • No os preocupéis, en una hora, cuando llene un poco más la marea y el viento calme, hacemos un breiquecito y nos vamos a agarrar unas olas relindas. Ahora dejar que os explique con más detalle lo que nos está pasando.

Durante media hora Leilani les contó el extraño problema que estaban teniendo con las tablas desde hacía un mes más o menos, y con paciencia les contestó a todas las dudas que alternativamente June y Levis, le plantearon. Cuando terminaron la reunión Levis le pidió a Leilani que le enseñara las tablas y donde las tenían estoradas, como decía ella. Ni el lugar, ni las tablas parecían ser el inconveniente, no había problemas graves de humedad, ni de excesivo calor. Tampoco las tablas, aparentemente, eran por su construcción o estado la clave del problema. Aun así, Longgone le pidió a Leilani que le dejara coger unas muestras de las tablas partidas para mandárselas a su amigo del alma Oinatz, maestro reparador de todo tipo de tablas y cachivaches acuáticos. Oinatz, padawan del Doctor Paul, maestro de maestros en el humilde pero vital arte de devolver las moribundas tablas a la vida, era el mejor en su campo. Con una casi obsesión por el detalle, Oinatz sabia con solo echarle una mirada a una tabla la enfermedad que padecía y el tratamiento necesario para repararla, además de tener los conocimientos y la mejor de las técnicas para hacerlo. Verle trabajar era una lección de precisión, sabiduría y paciencia. Levis confiaba en que su amigo pudiera aportar un poco de luz al misterio, así que recogió las muestras y le pidió una caja de cartón donde meterlas para poderlas enviar al taller de Oinatz en Sopelana. Cuestión que pensaba decirle a Pino que hiciese a primera hora de la mañana del día siguiente. Terminada la reunión, todos fueron a por las tablas con la sana intención de despedir el día disfrutando del nuevo swell del suroeste que había llegado esa misma mañana. Justo enfrente del Surf Camp había un precioso pico que abría para ambos lados, y allí se tiraron hasta que el sol desapareció, tiñéndolo todo de rojos y púrpuras, detrás del mismo océano en el que ellos flotaban.

El rugido, más que aullido, de los monos aulladores los despertó al amanecer, eran las 5:30 de la mañana. Pino soltó un exabrupto y se envolvió en las sábanas como si fuera un rollito primavera. Levis se levantó con tranquilidad y tras el saludo al sol cogió un yogurt, más un par de plátanos pequeños casi rojos, antes de salir por la puerta de la habitación con la tabla y la chaquetilla bajo el brazo. Tras recorrer los 10 metros de jungla que le separaba de la playa, Paul se plantó en la orilla. En el punto de quiebre le esperaban ya Leilani y June intercambiando olas. El swell se había mantenido durante la noche, incluso había subido algo y se había ordenado un poco más.  Aunque las series tardaban, debido al periodo tan alto que había en estas marejadas del Pacífico comparadas con las del Atlántico, las entreseries tenían el suficiente tamaño para poder divertirte sin tener que esperar. Leilani, con el incremento de fuerza en el swell, había cambiado el longboard 9’2 clásico que manejaba con precisión y gracilidad, por un single 6’3 de resina pigmentada. June había optado por estrenar el Bonzer 5´8 que Alejandra le había regalado tras la resolución del último caso. La tabla encajaba perfecta en las olas de un par de metros plus de cara que había, la fuerza del Pacífico propulsaba como una bala el Bonzer de June y aquella mañana parecía estar inspirada, atacando con fuerza cada sección que asomaba a su paso y cerrando en la orilla cada ola con giros potentes en los que Levis podía ver las quillas asomar por detrás de la ola. A mitad de baño apareció Pino, con las legañas puestas y la típica arruga de sábana marcada en la cara.

  • Egun on camaradas – les dijo nada más entrar y se giro, ya tarde, para remar una ola de entreserie. Entre lo tarde que iba a la ola y la tontera mañanera, Pino cayó de cabeza como un saco de estiércol desde el tractor. Tras recomponer la compostura volvió al pico con su optimismo habitual y su verborrea ininteligible para el no iniciado.

  • ¡¡Ayvalaostia!! Así se despierta un vasco notejode.

Diez minutos después del orejazo, Pino vio venir otra derecha y como si fuera un burro con orejeras, se giró y se tiró saltándole la ola a Levis, que conociéndole le dio un poco de sitio para no jugarse la tabla o algo peor. Pino bajó la ola con el invento enredado entre los pies y completamente descontrolado. Así que se agachó, sacando el culo, para intentar conseguir algo de equilibrio, a la vez que trataba de desenredar el pie delantero, levantándolo y bajándolo como si estuviera matando hormigas. Al levantar el pie delantero, la tabla se le quedó completamente frenada, y por arte de magia el labio de la ola le envolvió durante unos segundo en un accidental tubo mañanero. Había que ver al bueno de Pino elevando los brazos al cielo, parecía un predicador episcopaliano el día del advenimiento.

  • ¿Lo has visto Levis? ¿Lo has visto? – Gritaba desaforado

  • ¡¡Lo único que he visto es tu culo gordo cuando me has saltado la ola Pino!!

Al salir del agua, June se fijó en un tipo con pintas de engreído que ya se marchaba en un 4×4 enorme. Era el que le había echado una mirada asesina, cuando June le había impedido que le saltase una ola pegando un giro justo donde estaba intentando robarle la ola. No le dio mayor importancia, se había cruzado muchas veces en su vida con personas como él, gente avariciosa que nunca tenía suficiente, que seguían mordiendo a pesar de que ya no les cabía más comida en la boca. Ese tipo de hambre enfermiza nunca se saciaba.

Tras un copioso desayuno todos se pusieron a trabajar. Levis, que ya había hablado con Oinatz, dando las instrucciones pertinentes para que Pino llevase las muestras a un servicio de mensajería internacional lo antes posible y June charlando con los empleados por si habían visto algo inusual por el Surf Camp últimamente. Normalmente este tipo de boicots solían venir desde dentro, de un empleado descontento, o desde fuera por parte de un ex-empleado rencoroso o de la competencia. Por lo que Levis y June, una vez terminadas las primeras tareas del día, se volvieron a reunir con Leilani para preguntarle por la plantilla del Surf Camp, presente y pasada, y por las otras empresas de la zona.

Leilani les comentó que había inaugurado el surf camp hacía 6 meses. El terreno era de su familia, concretamente de su padre, Tico de nacimiento. Su madre era hawaiana, de Maui, al cumplir 23 años, tras terminar la carrera de biología marina, Leilani se había ido a vivir a Hawaii junto a sus abuelos maternos. Como las becas para estudios marinos eran escasas, empezó a dar clases como instructora de surf en la escuela Goofy Foot. Tim, el dueño, era amigo de la familia, y le había enseñado a respetar el mar y a sus habitantes, a cuidarlos y a mostrarse agradecida con la naturaleza. En la escuela enseñaban no solo a surfear, enseñaban a amar el océano, a respetar a sus habitantes, a cuidar su precario equilibrio, a comportarse con educación dentro y fuera del agua, a compartir las olas, a ser verdaderas y verdaderos waterman. Tras 6 años trabajando en Goofy Foot, Leilani había decidido volver a su país natal y montar una escuela de surf en Costa Rica. Cuando se lo comentó a su familia, su padre inmediatamente le habló del terreno que tenía en la costa de Guanacaste, que celosamente había conservado a pesar de las constantes presiones por parte de inversores extranjeros para que lo vendiese. Incluso ella había recibido ofertas, bien para venderlo bien para asociarse con ella, ofertas que educadamente había declinado. También les comentó que todos sus trabajadores llevaban con ella desde el principio y todos, salvo dos, eran ticos, su confianza en ellos era total.  Aun así, Levis le pidió a Leilani que por favor les diera los expedientes y toda la información que tuviera de cada uno de sus empleados, y ya puestos, si podía, los nombres de las empresas o de las personas que le habían hecho ofertas por el terreno o para asociarse. Leilani le dijo que se pondría inmediatamente a ello y que esperaba poderle dar toda la información para la tarde y ahí terminó la reunión, ya que Leilani tenía que ocuparse de un grupo que iba a llegar en un par de horas al Surf Camp.

Ronald había llegado a Costar Rica hacía 6 años desde su Oregon natal buscando mejor tiempo y la posibilidad de hacer dinero fácil. Tras su primer viaje a Centroamérica, en el que aprendió a hacer surf, lo tuvo claro, iba a montar una escuela de surf en la costa del Pacífico de Costa Rica. Buen tiempo, terrenos razonablemente baratos y una población con pocos recursos de la que poder aprovecharse. Las oportunidades son para los más listos y para los que llegan antes. Era una de sus reglas de oro. Agresivo y ambicioso Ronald creía que todo en la vida tenía un precio y aquello que no podía comprar, directamente lo tomaba. Tras la crisis inmobiliaria, viendo que la especulación ya no le reportaba todo el dinero que ansiaba, había decidido abrir una cadena de escuelas de surf por Centroamérica. Su genial idea consistía en atraer a los pastosos de la costa oeste de Estados Unidos a la escuela de surf y cobrarles un dineral por la estancia y el curso, mientras pagaba una miseria y explotaba a sus trabajadores. Tenía el 4×4 más grande del país, se lo había hecho traer desde E.E.U.U. Un trasto al que solo le faltaba ponerle un cañón para parecer un tanque, con el que paseaba por la jungla con su fusil de asalto M16, disparando a todo lo que se movía… menos mal que la puntería no era su fuerte. Ronald arrancó su todoterreno Megalodon, como le gustaba llamarle, y al mirar por el retrovisor vio a la guarra esa que le había echado de la ola. Parecía muy amiga de la zorra de Leilani, seguro que eran tortilleras, eso explicaría porque la muy puta le había rechazado. Tendría que preguntar a su cómplice de donde había salido esa y que hacía allí, no quería sorpresas en su plan.

1994©jakue-062

Levis aprovechó el tiempo libre para visitar a Yanira y Kike, que regentaban el Kike’s place, un hotel restaurante local en el que se había hospedado la primera vez que visitó Playa Grande. Yanira le recibió con los brazos abiertos y una enorme sonrisa. Era una mujer trabajadora, fuerte y cariñosa, siempre dispuesta a ayudar al cliente o al visitante. Tras saludarle, Longgone le preguntó por su marido Kike.

  • Ahí anda, sentado en su silla favorita bajo el tamarindo – le dijo con un guiño mientras le señalaba en la dirección del árbol donde se encontraba su esposo.

  • Pura vida Sr. Kike. ¿Me recuerda?

Kike le miró entrecerrando los ojos, en un gesto que podía interpretarse como deslumbramiento o larga meditación. Tras unos segundos Kike le dijo.

  • Claro, usted es el vasco que vino hace años, cuando nos pasó la cola de Wilma.

  • Tiene buena memoria, me llamo Levis – le dijo mientras le extendía la mano para saludarle – ¿Podría sentarme un rato a charlar con usted?

  • La compañía siempre es bien recibida hijo, pero trátame de tú ¿Y de qué querías hablar?

  • Creo recordar que llevas más de dos décadas regentando este negocio, supongo que habrás visto ir y venir a más de uno.

  • Si, últimamente más venir que ir, pero si, he visto a muchos.

  • Y ¿Cómo se lo toma la gente local todo este crecimiento?

  • Bueno, hay de todo, unos creen que es para bien, que traerá más trabajo y oportunidades y otros creen que los extranjeros, especialmente los yankees, están comprando el país trocito a trocito.

  • Y ¿Tú qué crees?

  • Yo creo que hay de todo. A los que piensan que habrá más trabajo y oportunidades, les digo que cantidad no es calidad, que hay que cuidar la tierra y la naturaleza, que los atajos no existen, que las cosas hay que hacerlas poco a poco y bien.

  • ¿Y a los otros? ¿A los que creen que están comprando su país?

  • Que no lo vendan. Si los yankees compran es porque alguien vende ¿No? Es más fácil vender el terreno que tus familiares te dejaron y recoger plata rápida, easy money que dicen los yankees, que montar tu propio negocio y trabajarlo, arriesgar los colones en vez de vender tus tierras para vivir de las rentas. Cada uno que haga la que quiera con su vida, pero que luego no me mierdeen las orejas con lamentos y quejas.

  • Y ¿Qué tal es la gente que últimamente ha caído por aquí?

  • Como te digo, hay de todo. Gente honrada que toma solo lo que necesita de la naturaleza e intenta ayudar a la comunidad y los hay que muerden más de lo que pueden masticar y acaban atragantándose y dejando todo a medio hacer. A estos últimos se les ve desde lejos, con los bolsillos llenos de petrodólares, sus grandes carros y como decía el gran Rubén Blades “de mirada esquiva y falso reír” Psicópatas en potencia que arruinan familias y arrasan las tierras por un fajo de sucios billetes. Hay unos pocos por aquí. Eres listo, no te será difícil identificarlos.

  • Muchas gracias por la conversación Kike, prometo pasarme a cenar uno de estos días con unos amigos. Pura vida.

  • Pura vida Levis

Para cuando Levis volvió de su visita a Kike’s Place, Leilani ya le había dado a June toda la información que le habían solicitado en la reunión de la mañana. Así que los dos se sentaron en la terraza superior del hotel, dispuestos a pasarse las siguientes dos horas desbrozando la jungla de papeles que les habían dado, mientras la canción “Vengo de la casa de ella” de Iván Bladimir Banista, más conocido por El Roockie, un papito de Reggae Panameño muy apreciado en el país, llenaba de sonido meloso la estancia y parte de la jungla.

El hecho de que todos los empleados llevaran desde el principio en el negocio, no facilitaba las cosas o el causante estaba fuera de la plantilla o había sido reclutado con tiempo. Si no estaba dentro ¿Cómo conseguían boicotear las tablas? Si lo estaba, sería muy interesante saber cuando había sido reclutado. Había que buscar, indagar en las vidas de los empleados, en su pasado una razón o posibles debilidades en su vida que un tercero pudiera utilizar para presionarlos. Levis también tenía puestas sus esperanzas en el informe de Oinatz, quizá aportase algún detalle revelador. Mientras tanto había que concentrarse en los informes que Leilani les había dado y buscar entrelíneas hilos de los que poder tirar para desenmarañar la madeja. Tras la primera criba quedaron 5 empleados, los otros 10 restantes los descartaron por diferentes, pero sólidas razones. Cinco era un número manejable, pero todavía lo suficientemente grande para que el abanico de posibilidades fuera enorme. Se dividieron los que quedaban entre June y él y siguieron repasando cada ficha intentando descubrir algo que les llamara la atención. Dos horas después se dieron por vencidos, por más que miraban las fichas no encontraban nada y como con los perfumes, de tanto oler temían haber saturado ya el olfato,  por lo que decidieron de mutuo acuerdo descansar. June le propuso a Levis entrevistar personalmente a cada una de las 5 personas y ver si durante la entrevista incurrían en alguna contradicción con lo que sus expedientes decían.

Ya era la hora de comer, y todavía Pino no había vuelto, en que lío se habría metido el tío.

El Secuestro Expreso

Pino estaba en ese momento blanco como la cal, el rojo quemado del día anterior había desaparecido como por arte de magia. Quieto como si fuera la esposa de Lot, Pino se encontraba con el coche parado, pero en marcha, en un cruce. En frente, bloqueando la pista, había un camión. ¿Qué narices pasa ahí? – pensó. Entonces uno de los ocupantes del camión, el que estaba fuera, se giró al oír el motor del 4×4 y Pino pudo ver o más bien no ver, la cara del tipo, ya que llevaba el rostro cubierto por un pañuelo.

¡¡¡Joder!!!! ¡¡¡Mierda!! Bandidos o secuestradores, pensó, estos están esperando para robar al primer pardillo que pase por aquí o peor, para secuestrarle. Me van hacer un expreso de esos. Cagado de miedo, a Pino no se le ocurrió otra cosa más que tocar el claxon varias veces para ver si el ruido les asustaba. Nada más oír la bocina, el individuo de la cara tapada empezó a hacer aspavientos, a agitar los brazos en alto y comenzó a correr hacia el coche de Pino.

¡¡¡Megagüenlaputa!!! La he cagado, se dijo a si mismo, he inmediatamente intentó meter la marcha atrás para salir de allí pitando leches, pero con el nerviosismo caló el 4×4. Intentó arrancarlo lo más rápido posible, pero el acojono era tal que lo estaba ahogando. Mientras tanto el cara tapada aceleró la carrera al oír el sonido del coche intentando arrancar. El bandido estaba a punto de llegar a la puerta del coche y Pino luchaba por intentar arrancarlo con la mano derecha, mientras con la izquierda buscaba desesperadamente la tecla del elevalunas eléctrico para cerrar la ventanilla. ¿Dónde coño estaba el puto botón para subir la ventana?… Por fin lo encontró, pero ya era tarde, el bandido ya estaba encima, pegado a la ventanilla. Lo que ocurrió después, no es lo que Pino desde luego esperaba, con suavidad el bandido se quitó el pañuelo y le dijo.

  • Disculpe ¿Podría no acelerar ni hacer ruido? Hemos tirado si querer, con el techo del camión, parte de una colmena de abejas asesinas y el ruido las excita aún más. Una docena de picaduras de esas abejas y se va para el otro barrio mae.

  • ¡¡¡Ostia!!! De acuerdo ¿Qué hago?

  • Ponga en marcha con cuidado el coche, sin grandes acelerones y dé la vuelta.

  • Vale y muchas gracias amigo. Pura vida

  • Pura vida

Cuando Pino llegó al surf camp todavía llevaba puesta la camiseta empapada y la cara de susto. Levis al verle le preguntó de donde venía con esa cara y Pino un poco tembloroso por la experiencia, le explicó lo acaecido.

  • Al menos el paquete está enviado – le comentó a Longgone – me han dicho que le llegará en un par de día o tres a Oinatz.

  • Bien hecho Pino, te has ganado un descanso – le dijo Levis mientras le palmeaba la espalda.

El resto de la tarde transcurrió sin mayores problemas. Levis aprovechó para darse un corto paseo por la zona, adoraba esa parte del país. Era un poco como estar en África, el color rojizo de la tierra, los pastos dorados y los árboles de troncos plateados y retorcidos, por el efecto del sol… Casi esperabas ver una jirafa al doblar la esquina. La hospitalidad de sus gentes, su amabilidad, la humildad con la que vivían sus vidas. Levis disfrutaba mucho viendo las pequeñas escenas cotidianas, saludando a su paso a las familias que estaban sentadas en el porche de sus casas, oyendo los sonidos que salían de sus hogares, el de un cazo bajo el grifo o el de la telenovela, la belleza de la intrahistoria de las gentes humildes.

Para las 4:30 estaba de vuelta con la sana intención de darse un baño antes de la cena. June y Pino le esperaban en el pico,  mientras Leilani, a una veintena de metros a la izquierda, daba las primeras clases de surf al nuevo grupo que había llegado al surf camp. La marea era prácticamente la misma que a la mañana, aunque el swell había bajado un poco. Hacia el final del baño una enorme tortuga marina apareció en la superficie justo entre June y Levis, su caparazón brillaba iluminado por los últimos rayos del sol que descendía irremediablemente hacia su ocaso, dejando paso a la luna que ya asomaba por detrás de los tamarindos.

Amanecieron con el sonido de la naturaleza estrenando un nuevo día y el rocío todavía en las hojas. Un baño rápido y ha desayunar copiosamente que el día venía largo. Había que entrevistar personalmente a los cinco empleados que habían quedado tras la criba del día anterior. Al final habían decidido que los dos juntos harían la entrevista a cada empleado. De esa manera podía repartirse los papeles a la hora de presionar. Joselyne Artavia fue la primera en sentarse frente a ellos, con la piel color café con leche y ojos verdes orientales, Joselyne era una mezcla jamaiquina salida del caribe de Costa Rica donde abundan todo tipo de mestizajes de resultados bellísimos. Trabajaba de monitora de surf, su cercanía al material de surf, al igual que tres de los otros cuatros empleados restantes, le hacía sospechosa. Leilani había conocido a Joselyne una tarde surfeando Avellanas, hacía más o menos año y medio, justo cuando empezaban las primeras obras para hacer el surf camp. Cuando estuvo listo, un año después, Leilani le ofreció el trabajo de monitora y estaba muy contenta de haberlo hecho, la trataba como si fuera su hermana pequeña. Era trabajadora y eficiente, y muy cariñosa con Leilani. Había nacido en una familia humilde en Puerto viejo, de donde había salido muy temprano, a los 16 años y tras varias paradas en pueblos de la costa del Pacífico, había acabado en Tamarindo. Vivía en uno de los bungalows del personal, junto con Daniela, otra empleada. Tras la entrevista tanto June como Paul la descartaron mentalmente, no parecía dar el perfil y nada de lo que hablaron con ella les chirrió. El siguiente era Gerardo Hernández, el wachiman, encargado de velar por la seguridad del surf camp. Gerardo era un hombre afable, de carácter tranquilo, acorde con su constitución física que era grande en general. Muy oscuro de piel y con pelo hirsuto y corto, Gerardo tenía, como he dicho, todo grande. Los ojos que parecían verlo todo y en los que parecían caber todo el universo, la nariz bulbosa, la boca con belfos más que labios y las orejas dignas de un elefante. Oriundo de la zona, Gerardo era como un mastín del Pirineo y los clientes, su rebaño, era un hombre muy piadoso. Por más que intentaban imaginarlo boicoteando el surf camp, les era imposible, el bueno de Gerardo no parecía tener una esquina. La siguiente en pasar fue Daniela Vindas, monitora como Joselyne y compañera de piso de esta. Daniela era de constitución fuerte, ancha de hombros y de piernas recias, musculadas, siempre había sido una atleta, desde pequeña. Había empezado con el atletismo y debido a una lesión había cogido la bicicleta para rehabilitar, a través de ella había llegado al triatlón y de ahí al surf. El pelo de rizo largo y quemado por el sol destacaba en un rostro pecoso de mandíbula cuadrada. Comparada con los anteriores empleados, Daniela se mostró un poco a la defensiva a la hora de contestar las preguntas y a veces algo evasiva, lo que encendió la alarma en los dos. No es que le cazaran en una contradicción o mentira, pero había algo en su comportamiento, en su lenguaje corporal que les intrigó. Tatiana Salas era la última mujer que quedaba por entrevistar, también monitora a tiempo parcial, combinaba su trabajo con el de atención personal a los clientes, cualquier sugerencia o petición de estos, Tatiana se encargaba de ello. Hablaba varios idiomas: Castellano, Inglés, Alemán, Italiano y Portugués. Se defendía francamente bien en Francés y andaba aprendiendo algo de Japonés, una máquina vamos. De padre uruguayo y madre brasileña, había vivido y estudiado en Europa, ya que sus abuelos por parte de madre eran alemanes. Había trabajado en la embajada de Uruguay en Italia y en varias ONGs por todo el mundo. Cansada y desencantada del juego político, hacía 3 años que se había trasladado a vivir a Costa Rica, atraída por la exuberante naturaleza del país centroamericano. Llena de energía y vitalidad, Tatiana era la reina de las multitareas, podía hacer tres tareas a la vez, mejor de lo que la mayoría hacía una sola. Solo tenía un talón de Aquiles, su impaciencia, tenía tanta energía que esperar se le antojaba imposible, era incapaz de estar de pie en una cola y rara vez le podías ver sentada, justo para comer. Solo se quedaba quieta delante del sol o de un buen libro o película. Delgada y estilizada, Tatiana tenía una estructura ósea perfecta, belleza en los huesos que se suele decir y una musculación, que sin tener que haberla trabajado en gimnasios, lucía definida por su constante actividad diaria. Morena de piel y cabello, con ojos oscuros y boca amplia, era elegante sin pretenderlo, uno de esos seres vivos capaces de saber estar en cualquier tipo de situación y lugar. A Levis le recordaba mucho a June. Frente a ellos, parecía estar sentada en la parrilla de una barbacoa, removiéndose en la silla como si tuviera hormigas de fuego en el culo. Sus respuestas eran directas, con las palabras justas y siempre te miraba directa a los ojos. Longgone estaba seguro que ella no tenía nada que ver y June estaba completamente de acuerdo. El último en pasar fue Yeryis Chinchilla, monitor también del surf camp. De ojos grandes, oscuros, llenos de vida, paletas separadas y nariz aguileña, su rostro inspiraba simpatía nada más mirarlo. Bajo y delgado, pero duro como los clavos de un ataúd, Yeryis había tenido una infancia dura, con maltratos por parte de un padre borracho. Gracias a un programa de ayuda pudo conocer el surf y esa fue su válvula de escape y su bote salvavidas. Leilani le había conocido hacía muchos años en un campeonato organizado por CEPIA-WAVES CR para motivar y ayudar a los adolescentes con problemas. Años después, cuando estaba montando el surf camp se lo encontró trabajando de camarero en un restaurante de la bulliciosa Tamarindo y le ofreció la posibilidad de trabajar con ella, aceptó sin pensárselo dos veces. Yeryis era todo alegría, siempre con una sonrisa en la cara y dispuesto a trabajar, se le notaba que adoraba su trabajo.

Tras las entrevistas June y Levis estaban igual que antes, ninguno parecía candidato a malo malísimo ¿Por donde podían tirar ahora? La cosa no pintaba bien y para ayudar a la confusión general, a primera hora de la tarde, Leilani visiblemente preocupada les dijo que las tablas nuevas que habían comprado, y que el nuevo grupo de clientes habían estrenado, se habían partido también. ¡¡Malas cartas!!

Llegó un nuevo día y la falta de progresos pesaba en el ánimo. No avanzaban con el caso… ni motivos, ni sospechosos, no tenían nada. June seguía removiendo, olfateando pistas, preguntando, sin mucho éxito, pero le era imposible quedarse quieta. Levis confiaba en lo que Oinatz pudiera decirles de la causa del problema de las tablas, quizá arrojara luz o abriera una línea de investigación nueva.

Por fin, a la tarde, dos días después de enviar Pino las muestras, Levis recibió noticias de Oinatz. Esperó a que terminara su jornada de trabajo, ya que era imposible contactar con él cuando trabajaba, con la mascarilla puesta y la lijadora en marcha no había forma que oyera el teléfono. Oinatz le contó que las tablas presentaban un defecto que no había visto nunca en su larga vida de reparador de tablas. La fibra estaba debilitada y el foam, o espuma de poliuretano, casi se había disuelto en algunas zonas. En una de las muestras había encontrado un agujero como de punción, lo que le había hecho sospechar que quizá habían inyectado algún componente químico, en el interior de las tablas, para debilitarlas. Todavía no sabía exactamente el componente químico que habían usado, había pasado unas muestras a un químico amigo suyo y le había prometido decirle algo en cuanto supiera más. Oinatz le había mandado una foto donde se podían ver sus manos sosteniendo una de las muestra de la tabla, con un agujero que bien podía ser el de una aguja. Bueno, aunque todavía no tenían el componente causante, al menos tenían la técnica utilizada para el boicot de las tablas y eso aunque no era concluyente, aclaraba algunas cosas. Primera, confirmaba que de verdad era un ataque planeado, con personas detrás y un plan meditado, y no un accidente o una casualidad fatal. Segunda, reafirmaba la idea de que era un golpe desde dentro, ya que el acceso al material de surf era casi imposible a menos que trabajases en el camp. June y Levis se reunieron con Leilani y le contaron las novedades y sus conclusiones, Leilani las recibió con una mueca de tristeza, no eran buenas noticias.

A Levis la noticia también le picó un poco en el orgullo, por lo que parecía había una manzana podrida en la plantilla y lo más seguro es que fuera una de las cinco personas que entrevistaron. Le habían engañado y eso siempre escuece.

Escondido entre las sombras de la noche y la jungla, Ronald volvía satisfecho para su chalet de dos plantas. Las noticias que le acababan de dar no podían ser mejores. Cuanto peor le iban las cosas al Pura vida, mejor le irían a él. Un pequeño empujón más y …

DIMETILFORMAMIDA

Levis se levantó con el canto de los monos aulladores, como todas las mañanas, y acompañado por las canciones “Deeper water” y “Love Never Runs on Time” de Paul Kelly, completó la rutina de hacer el saludo al sol y desayunar ligero antes de ir a surfear. El Pacífico seguía bombeando y las olas de un par de metros de cara rompían con la pereza mañanera en series de 5 olas. En el pico estaban June, Leilani y Yeryis intercambiando derechas e izquierdas. Mientras calentaba un poco en la orilla, apareció a su lado Joselyne, con un twin fin de Tim Bessel de la serie Warhol con el famoso retrato de Marilyn, una joya. Tenía que haberle costado unos cuantos sueldos de monitora, pensó Longgone. Se saludaron con un “Pura vida” y entraron juntos remando para el pico. Justo en ese momento, una serie mediana les cazó y tuvieron que pinchar las 5 olas. La última de la serie chupó con fuerza y los dos fueron arrastrados más de la cuenta, tanto que los cantos de la tablas se tocaron un poco. Apurados se pidieron disculpas el uno al otro, mientras recuperaban la compostura y volvían a remar para el pico. Justo en ese momento algo le llamó la atención a Levis, al principio no sabía el qué, ni el porqué, pero el calambre cerebral había sido alto y claro. Volvió a mirar a Joselyne y de repente todo empezó a encajar como la maquinaria de un reloj suizo. Tenía que volver a la habitación lo antes posible para hacer una comprobación. Cogió un par de olas, para no levantar sospechas, y con la disculpa de que le iba a cambiar las quillas a la tabla, se fue para la habitación. Nada más entrar abrió el ordenador y fue directo a las fotos que Oinatz le había mandado, en concreto a la que salía su mano sosteniendo el trozo de tabla, donde estaba el agujero por donde teóricamente habían inyectado el componente químico. Bingo, ahí estaba la prueba, aunque antes de cantar victoria tenía que confirmar su teoría. Volvió con una sonrisa al pico y tras el baño, le dijo a June y a Leilani que por favor se reuniesen con él en su habitación. Una vez estuvieron los tres, ya que Pino estaba durmiendo el sueño de los justos, Levis les explicó lo que había descubierto y su plan para desenmascarar al o a los culpables. Leilani no se lo podía creer, a pesar de que las pruebas eran contundentes, pero estuvo de acuerdo en seguir con el plan que Levis proponía. Las 6 horas restantes se le hicieron eternas a Levis, la diferencia horaria no le dejaba llamar antes y como suele ocurrir cuando quieres que pase el tiempo, este parece congelarse. A las 2 de la tarde no pudo aguantar más y le llamó a Oinatz, quien le confirmó sus sospechas. Levis ya sabía quién era la manzana podrida, pero había que encontrar más pruebas.

Leilani reunió a la plantilla, como la hacía cada vez que venía un nuevo grupo, para informarles de que al día siguiente vendría unos clientes muy importantes e hizo hincapié acerca de la importancia de los mismos. Nos jugamos mucho, les insistió Leilani a todos y les pidió máxima concentración en los próximos días.

El resto de la tarde pasó con más pena que gloria y después de cenar se retiraron pronto a la cama, todos sabía que el día siguiente era clave, pero solo Leilani, June y Levis sabían cuanto. Sentado en el porche de su cabaña, con la espalda pegada a la pared de madera, Levis repasaba mentalmente lo acaecido hasta ese momento y lo que esperaba que pasase durante la noche y al día siguiente, sopesando las posibilidades reales de que ocurriese lo que sospechaba. El grupo The Pines y la canción “Hanging from the Earth” le acompañaba en su meditación junto a un liable de monte que sostenía entre su dedo índice y corazón. Las volutas de humo giraban en espiral en la calma de la noche, desapareciendo al ascender hacia cálido cielo nocturno donde se mezclaban los olores y sonidos de la jungla.

June y Levis habían quedado pronto para surfear y esta vez Pino se cayó antes de la cama y les acompañó. Hacia las 8 ya estaban listos para llevar a cabo el plan, aprovechando que los monitores ya estaban ocupados en su jornada laboral.

Dimetilformamida era el componente químico utilizado, le había dicho Oinatz a Levis, tiene un olor bastante desagradable, había añadido. Así que Longgone puso a prueba su buen olfato, para algo le servía esa gran nariz de vasco que tenía y con calma se puso a olfatear la habitación donde sospechaban que estaría, mientras que June y Pino la revisaban palmo a palmo. A pesar de que el olfato de Levis era excelente y no se le escapaba nada, por más que iba de rincón en rincón, a su nariz no le llegaba nada fuera de lo común, seguro que la persona había sido lo suficientemente precavida para sellar bien la dimetilformamida para que no oliese o para esconderla en otro lugar. Pero Levis creía a pies juntillas en la soberbia de la manzana podrida, lo había demostrado con sus actos, seguro que creía que todos eran unos zoquetes, la DMF no podía andar lejos. Justo en ese momento se oyó el sonido de un cristal al romperse. June y Levis se giraron hacia el cuarto de baño, de donde procedía el sonido. Pino en la puerta les miraba con cara de no haber roto un plato en su vida, mientras balbuceaba.

  • Ha sido sin querer queriendo… se ha caído solo, yo no he hecho nada…

Al entrar en el cuarto de baño vieron que Pino había tirado un bote de perfume al suelo, el cual se había hecho añicos. Levis le iba a montar un pollo al torpe de Pino, que todavía le miraba con esa cara inocentemente infantil, cuando se fijó que el perfume desaparecía como por arte de magia entre las ranuras de una de las baldosas de cerámica del suelo. Se agachó y tras dar unos golpes suaves en los extremos del azulejo se dio cuenta que se podía retirar con cuidado, ya que aunque estaba fija, solo estaba pegada con un poco de masilla adhesiva. Debajo de la baldosa había un agujero con una garrafa de plástico y una jeringuilla.

Leilani miraba fijamente a Joselyne, que se encontraba sentada frente a ella, todavía no se lo podía creer, quería saber porqué, porqué le había traicionado de esa manera, creía haberla tratado siempre bien, como una de la familia.

  • ¿Porqué Joselyne? Solo alcanzó a decirle con una voz llena de tristeza más que de reproche

  • ¿Porqué? Porque quiero. Porque tú tienes y yo no. Y no tengo que justificarme con alguien que ha tenido siempre las cosas de cara en la vida y a la que todo le ha llovido del cielo. ¿Te crees que las migajas que me das son suficientes? Te puedes meter tu ayuda y cariño por donde te quepa. No eres nadie para mi – le espetó Joselyne con los ojos llenos de odio.

Leilani negaba incrédula con la cabeza, pero no iba a entrar en el juego, no iba a explicarle lo difícil que había sido su vida, lo duro y desesperante del camino que le había llevado a donde estaba y el duro trabajo que había requerido y que requería a diario. La policía ya había sido avisada y en ese momento venían de camino a detenerla.

Durante el interrogatorio Joselyne confesó su culpabilidad, apremiada por la contundencia de las pruebas y la promesa de una pequeña rebaja de la condena y de la multa a cambio. Cantó como una finalista de Eurovision, la fidelidad no era su fuerte, arrastrando con su canto, como las sirenas de la isla de Artemisa en la Odisea de Homero, a su cómplice Roland.

Sentados frente al mar, con un jugo de frutas mientras veían desaparecer el sol detrás del océano Pacífico, Leilani les agradeció a los tres la resolución del caso.

  • Muchas gracias a los tres, sin vosotros estaría acabada. Eso si, me gustaría saber cómo averiguasteis que Joselyne era la manzana podrida.

  • Que te lo explique Levis, que es quien lo descubrió – le dijo June.

  • Fue un trabajo de equipo, con la inestimable ayuda de Oinatz y algo de suerte – le contestó Levis.

  • Si, pero como – insistió Leilani.

  • Hace un par de días, cuando estábamos surfeando todos juntos, al pinchar y arrastrados la ola juntos a Joselyne y a mi, me fijé por casualidad que tenía unas manchas azules en los dedos de su mano derecha, lo que me llamó la atención. Sabía que había visto esas manchas características en algún otro sitio. Y entonces la fotografía que Oinatz me había mandado en la que aparecía su mano sosteniendo la muestra con el agujero de la jeringuilla me vino a la mente. Sus dedos también estaban manchados de azul. Le llamé y me dijo que se había manchado los dedos al tocar la muestra y que la mancha había permanecido más de tres día sin que pudiera quitársela, debido a la reacción de la dimetilformamida.

Con la satisfacción del trabajo bien hecho, June, Pino y Levis se quedaron un par de semanas más, para disfrutar de Costa Rica. Leilani, agradecida, les invitó a pasar una semana en el Pura vida, cosa que hicieron con mucho gusto. La otra semana la pasaron disfrutando de unas derechas, que Levis conocía, junto al parque nacional de Corcovado, el lugar de la tierra con mayor biosiversidad, donde llueven frutas y flores de la copa de los árboles y las mariposas revolotean a tu alrededor, mientras esperas las olas de mermelada azul turquesa.

Pura vida

Eduardo Sáenz de Amilibia & The Three Cool Cats

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25 Kilos de historia II Parte

Música recomendada: Canción “Desaparecidos” Los Fabulosos Cadillacs y “Everything I need” Men at Work

Había quedado con Ale pronto por la mañana para surfear un baño corto por el norte de la isla, así que a las 7:30 ya estaban buscando el mejor sitio para hacerlo mientras ‘Desapariciones’, de Los Fabulosos Cadillacs, sonaba en el estéreo del coche de Alejandra. Tras pasar por Generoso siguieron hacia al norte, en vista de que la fuerza había bajado durante la noche. Majanicho parecía estar produciendo unas bonitas derechas donde poder disfrutar, así que aparcaron cerca de la bahía, al lado de la pequeña iglesia estilo mexicano de Nuestra Señora del Pino, y en menos de diez minutos estaban en el agua intercambiando olas junto a un par de italianos algo ruidosos y una alemana, a la que rondaban al más puro estilo escualo. Alejandra aprovechó el río revuelto, provocado por la bella alemana y los casanovas, para ponerse morada.

Para las 9 ya estaban sentados en la terraza del Green Bar disfrutando de un bien merecido desayuno. Mientras daban cuenta de las viandas que habían pedido, Levis sacó la carpeta con los nombres de las empresas y le dijo:

– ¿Qué tal si nos repartimos las empresas para poder investigarlas con mayor rapidez?

– Por mi perfecto ¿Cuáles quieres tú? – contestó Alejandra.

– ¿Qué tal si tú te encargas de las que tienen relación con la exposición? Ese tema lo llevas personalmente, supongo que te será más fácil avanzar a ti que a mí.

– Sin problemas. ¿Qué buscamos exactamente?

– La verdad es que no lo sé. Algo que te llame la atención, algo que te parezca fuera de sitio, que huela raro. Es posible que te dé la paliza con algunas de las empresas de la casa que me toquen a mí, ya que habrás tratado con ellos personalmente.

– Tú pregunta, que yo te contestaré, otra cosa es que mi respuesta te ayude en algo.

Levis le dio a Ale la carpeta que correspondía a las empresas relacionadas con la exposición y él se quedó con la que correspondía a los servicios que se prestaban en la casa, tras lo cual se separaron y quedaron en llamarse al mediodía para ver como habían ido las pesquisas.

Nada más separarse de Ale llamó a la empresa Jardinfuert, de servicios de jardinería, y preguntó por el dueño. Tuvo suerte y éste se encontraba en ese momento en la oficina, así que quedó en pasarse por allí en media hora. De pelo corto, oscuro y duro, Manuel, el dueño, era de complexión fuerte, con una gran caja torácica fruto de la pesca submarina, a juzgar por las fotos que había por el despacho. Se le notaba en la piel y en las manos curtidas el trabajo al aire libre en los jardines. Tenía en su hablar y en sus gestos la pureza del hombre de campo, de los que han aprendido que solo con mucho esfuerzo se consiguen las cosas en la vida, si quieres ser honrado. Emanaba esa paz, mezcla de resignación y paciencia, de los que saben que su sustento depende del sudor de su frente, pero también de la suerte que reparta la naturaleza cambiante. Y aunque le bastaron cinco minutos para intuir que no tenía nada que ver con el robo, se pasó más de media hora charlando distendidamente con él. Su opinión sobre el cambio que había sufrido en los últimos años Fuerteventura, y Corralejo en particular, le interesaba mucho a Levis.

Tras la visita a Jardinfuert, llamó a Top Servizi, la empresa italiana encargada de la seguridad de la casa, y preguntó por el director para concertar una cita. Vincenzo Larota, el director, le dio cita para las 12 del mediodía. Tenía el tiempo justo para llegar a la dirección que le habían dado, así que Levis se montó en el coche y raudo se encaminó a las oficinas de Top Servizi, situadas en la calle la Pinta en el mismo Corralejo. La sede de la compañía italiana era puro diseño, todo blanco, todo muy minimalista y estudiado, se notaba que había dinero. Vincenzo le recibió en su despacho oculto tras una sonrisa perfecta de anuncio de dentífrico. De rostro ahusado, cejas depiladas y pelo oscuro engominado, Larota transmitía confianza en sí mismo, puede que algo más de lo que a Levis le hubiera gustado. Fue todo amabilidad y se mostró en todo momento colaborador, aún así Levis salió de la entrevista con la vaga sensación de que había algo raro, aunque no estaba seguro si había sido la actitud suficiente de Vincenzo lo que le había mosqueado, o algo más. Decidió llamar a Alejandra y quedar con ella para comer en la Pizzería La Factoria, que tenía unas preciosas vistas de la bahía de Punta Elena, aunque sabía que quedar con una argentina en una pizzería italiana era una temeridad. Todo el mundo sabe que las pizzas argentinas son las mejores del planeta, te lo dirá cualquier argentino. Como os podéis imaginar, los italianos no opinan lo mismo. Alejandra no había sacado nada en claro y Levis, salvo la ligera sensación a tufillo del director de la empresa Top Servizi, tampoco tenía nada, ni una sola hebra de la que tirar. Con el tiempo que había pasado desde el robo, la tabla podía estar ya en el otro lado del planeta, había que tomar medidas drásticas, y pronto. Así que le propuso a Alejandra que su socia, June, se les uniera y viniera a la isla a investigar junto a ellos. Levis ensalzó las múltiples cualidades de su socia y, como el dinero no era un problema, en cuanto terminaron de comer Levis llamó a June y le pidió que viniera a la isla esa misma tarde, si encontraba billete, para trabajar en el caso.

A June la idea le parecía perfecta; de lo único que tenía algunas dudas era de dejar a Inazio al frente de la agencia durante la ausencia de ambos, tal y como había propuesto Levis. Inazio, más conocido por Pino, por llevar más de media vida yendo a la playa en Vespino, era todo un personaje de la fauna surfer de Uribe Kosta. Todo el mundo conocía la aventura de cómo había abierto un agujero de 8 x 6 metros en las rocas que separan la playa de la Salvaje de la de Sopelana, de un girazo surfeando la Triangular.

– “Pero Levis ¿Tú crees que Pino va a ser capaz de llevar, o al menos de no hundir la agencia, mientras estamos fuera?”

-“Claro que sí, June. Pino es buena gente, seguro que lo hace bien”

– “No, si buena gente ya sé que es, pero es un desastre total, en fin… tú le conoces mejor, supongo que un par de semanas se le puede dejar solo…”

June compró el vuelo para el día siguiente a las 15:00, que era el primero que pudo encontrar, y dedicó el resto del día a instruir a Pino en cómo no hundir la agencia en las dos semanas que iban a estar fuera.

En el restaurante 

A la noche Alejandra y Levis se fueron a cenar al Don Bigote, un restaurante de comida italiana que conocía Longgone, cerca de la avenida principal de Corralejo. Al salir del local, tras la deliciosa cena, a Levis le pareció ver que en el lado derecho del salón estaba Vincenzo Larota cenando con un acompañante, algo de lo más normal tratándose de uno de los mejores restaurantes italianos de la zona. Pero cuando miró hacia la mesa, le pareció que Vincenzo intentaba ocultarse de su vista, girando la cabeza hacia otro lado y tratando, en vano, de poner gente y columnas entre él y Levis. La actitud sospechosa de Larota hizo que una luz de alarma se encendiera en su cerebro: ¿Por qué Larota había tratado de ocultarse? El restaurante no podía ser el motivo de su extraña conducta y, si no era el lugar, solo podía ser el acompañante. Así que tras salir del campo de visión de Vincenzo le explicó a Alejandra sus sospechas y tramaron a toda velocidad un plan para intentar identificar al acompañante. Alejandra propuso que fuera ella quien entrara de nuevo al restaurante con la excusa de dirigirse al cuarto de baño y, al pasar cerca de la mesa, con mucho disimulo, le sacaría una foto al desconocido. Con suerte, Larota no se habría fijado en que Alejandra acompañaba a Levis, al estar tan interesado en ocultarse de él. Unos segundos después Alejandra se encaminó con soltura y desenfado hacia el servicio y mientras parecía que mantenía una conversación sin importancia a través de su móvil, le sacó un par de fotos al acompañante sospechoso, una a la ida y otra a la vuelta. Corría una suave brisa nocturna, con lo que el paseo de vuelta a casa les sirvió para despejar un poco la cabeza tras la cena. Al llegar a la bahía de Punta Elena, viendo las líneas que marcaban el pico en marea baja, decidieron quedar pronto por la mañana para surfear el nuevo swell del noroeste que ya anunciaba su llegada.

Antes de que el sol asomase por detrás de la isla de Lobos, Levis ya salía por la puerta de la casa de invitados para ver el mar. No le sorprendió encontrarse a Alejandra ya fuera, frente al mar, con las manos en los bolsillos comprobando las olas en la oscuridad. El mar había subido mucho durante la noche y las olas rompían en el río, que es como los locales llaman al tramo que separa Lobos de la costa de Corralejo. Levis se acercó a Alejandra y tras darle los buenos días, le dijo:

– Coge la tabla, nos vamos al Burro.

La ola del Burro, cuando rompe con mar del noroeste o del norte, es un verdadero espectáculo. Una de las olas favoritas de Levis en la isla, que rara vez rompe con mares de esa orientación, ya que tiene que haber mucho swell para ello, pero cuando lo hace, es una de las mejores olas que Levis había surfeado en su vida. Tiene una derecha rápida y levantada y una izquierda potente, tubera, que se recoge sobre sí misma en el último tramo en una especie de C seca, estilo Honkey’s en Maldivas. La ola del Burro está fuertemente custodiada por los locales, pero aquel día, entre el madrugón y lo inesperado del swell, Alejandra y Levis pudieron disfrutarla con apenas un par de locales madrugadores que Levis conocía, Espada y Juanjo. Ver las paredes de agua azul turquesa avanzar completamente levantadas durante veinte metros hasta que chocaban con el fondo perfecto de lava y precipitaban sus cristalinos labios en un tubo redondo como las pinturas de Botero, era una visión que se te quedaba grabada para siempre. Dos horas después estaban frente a un jugo de frutas y unos huevos revueltos reponiendo fuerzas en el segundo desayuno de los Hobbits que tanto le gustaba. Levis había mandado la foto que Alejandra había sacado del acompañante de Larota a June, quien a su vez la había mandado a un par de amigas que tenía en la Interpol para ver qué sabían. De modo que lo primero que hizo tras el desayuno fue comprobar el correo para ver si June sabía algo del misterioso acompañante de Larota.

El misterioso acompañante

June había contactado a lo largo de la mañana con su amiga alemana de la Interpol y, gracias a su eficiencia, ya sostenía entre sus manos el dossier del misterioso acompañante que le había mandado. Luca Rizzo era un viejo conocido de la Interpol y su dossier era abultado y jugoso. June lo había imprimido y se lo había metido en la mochila, junto a su portátil, para leerlo en el avión camino de Fuerteventura. Además le había mandado una copia a Levis, para que pudiera irlo leyendo mientras ella volaba. Levis abrió el archivo que June le había mandado y junto a Alejandra leyeron el Curriculum Vitae de Luca. Menudo figura el tío, más feo que pegar a un padre. Al tipo lo buscaban por toda clase de delitos, desde tráfico de drogas y de personas, hasta asesinato, una peligrosa sanguijuela. Además le relacionaban con la mafia siciliana. Alejandra y Levis no pudieron más que pensar si tendría algo que ver con el robo de la tabla. En principio parecía demasiado jinete para tan poco caballo, pero parecía mucha coincidencia que estuviera junto al dueño de la empresa de seguridad de la casa y Levis no creía en las coincidencias. Como June llegaba esa misma tarde, Alejandra y él decidieron esperarle para tener una reunión todos juntos a última hora. Mientras llegaba June, Levis aprovechó para mandar un e-mail a su amigo de la adolescencia Joseba, surfer y skater, además de buen periodista de trinchera, con la esperanza de que supiera algo sobre la mafia siciliana.

June aterrizó en Puerto del Rosario hacia las cinco de la tarde sin saber que Luca se había cruzado en el aire con ella cuando este volvía para su Sicilia natal en un vuelo a Milán. En el aeropuerto le esperaba Levis junto a Alejandra. Hechas las oportunas presentaciones los tres pusieron rumbo a Corralejo a la casa de Carlos Alberto, para tener una reunión de urgencia. Necesitaba saber en qué situación estaban y cuál iba a ser su siguiente paso. June, eficiente como siempre, abrió la reunión leyendo en alto el dossier de Luca. Los tres parecían dudar de que un personaje así, un sicario sin escrúpulos de la mafia, pudiera estar involucrado en el robo de una tabla de surf, por famosa y cara que esta fuera. Pero si no ¿por qué estaban reunidos Larota y Luca? ¿Blanqueo de dinero? ¿Drogas?

Justo en ese momento Levis recibió el correo de Joseba que estaba esperando y que, en vez de aclarar el caso, más bien lo anegó todo con más dudas.

Joseba le contaba en el correo que Luca era algo más que un sicario a sueldo de la mafia. Por lo que había podido averiguar, se decía que Rizzo era el hombre de confianza, el bueno para todo, de Alessandro Peruzzi, Capo dei capi de la actual mafia siciliana. Eso ratificaba la idea de que Luca no parecía el tipo de hombre que se contrataba para robar una tabla, al menos eso opinaba Levis, y Alejandra parecía estar de acuerdo. Pero June le pidió a Levis que le dejara un día más para hacer algunas averiguaciones y este no lo dudó, ya que June siempre parecía tener un sexto sentido para estas cosas, además de ser muy concienzuda y tenaz en todo lo que hacía.

Como la noche se echaba encima decidieron plegar velas hasta el día siguiente e irse a cenar. Como estaban los tres juntos por primera vez, Levis quiso celebrarlo y les propuso ir al Restaurante La Taberna, su favorito para cenar, por el ambiente, la comida y, sobre todo, por el personal. Levis había trabajado allí durante tres años cuando estuvo viviendo en la isla. Ana y Juan le recibieron con besos y abrazos, como siempre lo hacían; Levis les tenía mucho cariño, siempre le habían tratado como a uno de la familia mientras estuvo en el restaurante. También pudo saludar a María, la ayudante de cocina, con la que había compartido sudor y risas durante varios años; canaria de nacimiento, María era todo corazón. Gusto en la decoración, paredes de roca de lava, mucha atención al detalle y al comensal, además de buena comida, es lo que encontrarás en La Taberna. Alejandra se decantó por comer un buen bistec con salsa Diana y patatas panadera, mientras que June y Levis pidieron pescado fresco a la plancha con ensalada y patatas panaderas. De primero, aconsejados por Levis, se repartieron una tabla de quesos de cabra de la isla y una ración de salmón ahumado de Uga, una exquisitez que en Fuerteventura solo se puede comer en La Taberna y que Levis adoraba.

El paseo por la bahía de vuelta a la casa de Carlos Alberto, a esas horas de la noche, era un verdadero placer. En cuanto rebasabas la zona de la Disco Bar Waikiki el ruido desaparecía y las luces se atenuaban, dejando paso al silencio y las estrellas. Agotados por el trajín del día, cada uno se fue para su habitación con la sana intención de planchar la oreja. Levis ruló uno y salió a repasar un poco lo acaecido durante el día, antes de abrazar a Morfeo. ¿Qué hacía el tal Luca Rizzo en la isla? ¿Tenía algo que ver con el robo de la tabla? Si no ¿por qué Larota había  reaccionado de una forma tan sospechosa al verle?

El swell del noroeste había bajado un poco, pero todavía las olas rompían con fuerza en Punta Elena. Rocky Point le llamaban los guiris por su fondo de lava afilada por el que había que caminar, sobre todo en marea baja. Lava del tipo aa, pronunciado ah ah, que es como la llamaban los hawaianos, ya que era el sonido que hacías al caminar descalzo por ella. Al ver las espumas, que parecían ánimas a plena luz de la luna, Levis recordó una inquietante e interesante frase que había oído recientemente a un científico: “Hemos de ser conscientes de que toda agua que bebemos ya ha sido antes bebida y evacuada.” La próxima gran guerra y primer problema mundial va a ser el del agua, pensó, dio la última calada y, tras apagarlo en la arena y recoger la colilla, se fue a dormir.

Valentina y la conexión

June recordaba haber conocido en un surf trip a Nosara, Costa Rica, a una surfer siciliana llamada Valentina Gussoni. Quizá sería buena idea llamarla para charlar un rato con ella, nada se perdía con ello y además de saludarla, igual sonaba la flauta – pensó – con lo que nada más levantarse a la mañana siguiente y hacer yoga, llamó a la agencia para decirle a Pino que le buscase un número de teléfono.

– A ver Pino, quiero que por favor vayas a mi mesa y cojas la agenda que hay en el primer cajón de la izquierda.

– Ya la tengo June, amarilla y gruesa.

– Nop, eso son las páginas amarillas… Busca una con tapa negra de piel.

– ¿Piel de quién?

– De… es lo mismo, busca un cuaderno pequeño y negro. ¿Quieres que te llame al móvil para que puedas moverte con más facilidad?

– Me es hidráulico, no te preocupes, ya me las apaño. Ya la tengo, pone Kutxabank, no sabía que te apellidabas así.

– Esa tampoco es, busca otra algo más gruesa y con un índice con letras.

– ¿Con un qué?

– Con letras en los bordes.

– Ahora la veo.

– Bien, ábrela por la G y busca Valentina Gussoni.

– Aquí está, Valentina ¿Qué hago? ¿Le llamo?

– ¡¡No,no,no!! Gracias Pino, dame el número al pie.

– 43

– 43 ¿Y qué más?

– 43 o 43 y medio, depende del calzado

– ¿Depende del calzado? ¿Pero de qué hablas Pino?

– Del número de mi pie

– ¡NO! ¿Para qué quiero yo tu número de pie? El número de Valentina.

– ¿Y cómo quieres que sepa el número de pie de Valentina? Si es una chica supongo que algo menos de un 43

– NO, Pino… el número de teléfono que hay al pie del nombre de Valentina

– ¡Carajo! Haberlo dicho antes… amputa 00 39 695348900

Tras la agotadora conversación con Pino, June decidió llamar inmediatamente a Valentina. En Sicilia ya eran las diez y cuarto, una hora más que respetable. Valentina descolgó al segundo timbrazo y, además de acordarse de ella, le hizo mucha ilusión que le llamara. Tras las típicas frases de cortesía, June fue directamente al grano y le preguntó qué sabía de Alessandro Peruzzi.

– Menuda domanda que stai facendo June, ¿Que quieres sapere?

– No sé… ¿Crees que podría tener relación con la desaparición de una carísima tabla de surf?

– ¿De surf? ¿Peruzzi? No credo…  ma, aspetta. Recentemente ho saputo que su figlio Emanuele hace surf.

– ¿En serio?

– Si, in realtá un amico mío me dijo que había hecho surf con él a couple of weeks ago. ¡¡Un assoluto kook, tutta la board piena de stickers de Quiksilver!!

– Interesante… ¡¡Grazie mille, Valentina!! Hope to see you soon, come around the Basque Country and let’s surf together. Pura vida, amica.

– Un vero piacere June, as always, ci vediamo presto. Pura vida, amica.

June colgó el teléfono y una sonrisa le cubría todo su bello rostro, ya tenía la conexión.

Tras la conversación con Valentina, a June se le ocurrió un plan, algo arriesgado pero que, si lo jugaban con maestría, igual podía funcionar. Reunió a Alejandra y Levis en la terraza de la mansión de Carlos Alberto y les contó las novedades y su plan. Los tres estuvieron de acuerdo en que era arriesgado pero posible, además de ser el único que tenían. Así que se repartieron las tareas entre todos y quedaron en verse a media tarde para despedirse de la isla surfeando la derecha de Lobos, ya que al día siguiente se iban para Sicilia.

Levis remontaba con la tranquilidad que da haberse hecho una ola perfecta de principio a fin, coordinando la respiración con el movimiento de los brazos al remar, notando el agua a través de sus dedos y disfrutando de la belleza única del paisaje de la isla de Lobos, una de las pocas reservas naturales con una ola de esa calidad. El viento en calma, a esas horas de la tarde, dejaba las paredes de color esmeralda como si fueran de aceite, mientras June remaba en el pico en ese momento la tercera ola de la serie, y Alejandra se colocaba para la última. La ola de June era perfecta, con un take off suave y fácil, creciendo con cada sección que pasaba. June aceleraba cuando la sección ahuecaba, para luego trazar giros redondos de vuelta al pocket cuando la ola se quedaba un poco tras cada sección. Hacia el final de la ola, en la cuarta sección, June vio que chupaba con fuerza y, con estilo y decisión, giró a media pared para frenarse. El labio trazó un círculo perfecto como el de Giotto y June entró en el cuarto verde durante unos preciosos segundos eternos, que le dejaron un brillo especial en los ojos el resto del día.

Benvenuto in Sicilia

Al día siguiente los tres empaquetaron el equipaje pronto por la mañana y se fueron para el aeropuerto de Puerto del Rosario. Tenían un día ajetreado,  ya que debían pasar primero por San Juan de Luz antes de ir a Sicilia. Aterrizaron en el aeropuerto de Palermo a las 22:00, derrengados de todo el trajín del día, y se fueron directamente al hotel Giuggiulena Villa Perasole Sabrina en Siracusa, en un coche de alquiler que habían recogido en el aeropuerto. A la mañana siguiente cada uno hizo lo que tenían planeado y para el mediodía la bola había empezado a rodar. Cuando ya caía el sol por el otro lado de la isla, Levis recibió una llamada de un número oculto en el móvil, respiró hondo y contestó. La conversación fue corta, tan solo le dijeron la hora y el lugar donde debían ir al día siguiente y colgaron. Durante el resto del día los tres repasaron sus papeles para el día siguiente e intentaron relajarse visitando la bella costa de los alrededores de la ciudad de Siracusa.

Y por fin llegó el día D, Levis se levantó animado y tras hacer la sesión de yoga mañanera, se pegó una ducha reparadora mientras oía la canción “The Cape (Jumping of the Garage)” de Guy Clark:

“He’s one of those who knows that life

is just a leap of faith

Spread your arms and hold your breath

Always trust your cape”

Media hora antes de la hora indicada los tres se montaron en el coche de alquiler y se fueron al lugar donde les habían citado. Tras cinco minutos de espera aparecieron un par de individuos con caras de pocos amigos y les pidieron que les acompañaran a una furgoneta, donde les vendaron los ojos. Quince minutos después, más o menos, la furgoneta se paró y fueron conducidos dentro de una nave industrial, a una oficina que había en su interior, donde les quitaron las vendas de los ojos y les pidieron que se sentaran a una mesa, a la ya había sentado un hombre mayor. Los tres le reconocieron por haber visto su foto en la ficha de la Interpol que tenían de él. Alessandro Peruzzi era bajo y fornido, de espaldas anchas y casi sin cuello, parecía un mojón de carretera. Su aspecto hosco no engañaba a nadie, ni vestido de monaguillo hubiera parecido bueno, y en sus ojos negros, profundos, no había atisbo de misericordia. Tal como habían quedado, June tomó la palabra.

– Buongiorno señor Peruzzi.

– Buongiorno signorina.

– Tal como hemos parlado por teléfono, creo que podemos hacernos un gran favor y a la vez solucionar una situación poco favorable para ambas partes.

– Lei dirá signorina

– Sabemos que se encuentra en su poder una tabla de surf de gran valor que hasta hace poco pertenecía a Carlos Alberto de la Rua y que, corríjame si me equivoco, va a ser el regalo de cumpleaños de su figlio Emmanuele.

Alessandro entrecerró los ojos y bajó ligeramente la cabeza como única respuesta. A Levis le sudaban las manos de la tensión.

– Permítame que le proponga un trato – continuó June – Su figlio, Emmanuele, no quiere esa tabla de regalo. Es cara y una de las tablas más importantes en la historia del surf, sí, pero él es un adolescente que no sabe de la historia del surf. Él lo que quiere es una tabla moderna. Es como si usted le regalase un Alfa Romeo de 1930, no lo apreciaría, él lo que quiere es un Ferrari último modelo.

– Ascolto -musitó Peruzzi mascando cada sílaba

– Nosotros hemos traído desde la central de Quiksilver en Francia una tabla último modelo, la misma que Leonardo Fioravanti utiliza, y está firmada y dedicada para Emmanuele por Leo. Además de la funda a juego y los accesorios necesarios, todo de alta gama. También hemos reservado una estancia de 2 semanas en el Surf Camp de Quiksilver donde podrá surfear con Leo y aprender junto a él. Lo que le propongo es que intercambiemos las tablas, le aseguro que saldrá ganando, su figlio le adorará, será el mejor regalo que le pueda hacer.

Peruzzi ni pestañeó, los segundos pasaban y a Levis se le secó la boca como si se hubiera comido un bocadillo de polvorones – Aquí es cuando nos pegan un tiro y nos entierran en la huerta que tiene su abuela en Catania – pensó. June se mantenía firme, mirando fijamente a los ojos de Peruzzi y, tras lo que pareció una eternidad, este dijo:

– Affare fatto, ma sará meglio che funzioni…

– Sicuro che si, signore Peruzzi – le contestó June.

Todos, menos Peruzzi, se levantaron de la mesa y tras vendarles los ojos los llevaron de vuelta al hotel para intercambiar las tablas en el aparcamiento.

Alejandra no salía de su asombro, lo habían conseguido.

– ¡Chapeau June! Eso sí que es interpretar un papel a la perfección, me quito el sombrero – le dijo Alejandra

– Parece que mi afición de la adolescencia por las artes dramáticas ha servido para algo.

Sonrió y los tres se fundieron en un abrazo grupal, lo que les vino muy bien para no caerse ya que todavía les temblaban las rodillas. Levis no podía disimular el orgullo que sentía por su socia.

A la mañana siguiente todos se dirigieron al aeropuerto internacional de Palermo, Levis y June para coger un vuelo a Bilbao y Alejandra para volver a Fuerteventura.

Un mes después llegó a la agencia un transporte especial para June y Levis de parte de Alejandra y Carlos Alberto. Eran dos bonzers de los hermanos Campbell un 5’8 en pigmento de aguas azules para June y un 6’0 en pigmento cereza brillante para Levis, junto a un par de billetes de avión para visitar Fuerteventura en diciembre.

De Peruzzi no supieron nada, lo cual era recomendable para la salud, tratándose de quien se trataba. Pero en Navidades, cuando ya se habían olvidado de todo, recibieron en la agencia un sobre que contenía una foto de Leonardo Fioravanti junto a un mocoso imberbe con una sonrisa que no le cabía en el rostro. También había un par de anillos de oro con un curioso sello en su interior y una nota que rezaba así:

“Molto grazie di tutto! Se mai avete bisogno di me, insegnare l’anello.”

Pura vida

Eduardo Sáenz de Amilibia & The Three Cool Cats

 

25 Kilos de historia. I Parte

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Collage: Lance

De pie, frente a la taza del retrete del aeropuerto de Loiu, Levis sacudía con cuidado las últimas gotas para no mancharse los vaqueros. Mientras se abrochaba la bragueta, oyó un ruido sordo, como de algo pesado que cae al suelo y empieza a rodar. Por instinto bajó la mirada hacia el hueco de la mampara que separaba su inodoro del de al lado, que es de donde procedía el sonido y, sorprendido, vio aparecer un bloque redondo marrón oscuro, brillante, de unos 20 o 25 centímetros, envuelto en papel de celofán, que rodó hasta toparse con su pie. Apenas un par de segundos después apareció una mano palpando con frenesí en busca de lo que parecía un kilo de hachís, el cual yacía impasible apoyado contra las Vans de Levis. La mano agarró con firmeza el bloque y tiró de él con la rapidez con la que los trileros de las Ramblas mueven los cubiletes delante de los rasgados ojos de los japoneses. Levis esperó un tiempo prudencial antes de salir del WC y se dirigió al lavabo sin mirar atrás, donde procedió a limpiarse las manos. Unos segundos después salía del cuarto de baño silbando “Legalize it” de Peter Tosh con una sonrisa en la cara.

“It’s often said life’s strange, oh yes, but compared to what? Compared to what?”

‘January 23-30, 1978’, una de sus canciones favoritas de Steve Forbert, sonaba a través de los cascos inalámbricos. La había puesto porque le traía recuerdos de cuando estuvo viviendo en Corralejo, Fuerteventura. A menudo la escuchaba en el restaurante en el que trabajaba, mientras limpiaba la barra con la mente puesta en las últimas olas que se había mandado en la derecha de Lobos. El trío favorito de cantautores de Levis, formado por Paul Kelly, Steve Forbert y Elliot Murphy, sonaban siempre que podía en el aparato estereofónico. “Good times”, pensó, mientras se acomodaba, empresa difícil, en el escueto sillón del avión que le llevaba de vuelta a su segunda casa, las islas afortunadas, en concreto a Herbania. El Cabildo Insular se había puesto en contacto con June, su socia, a raíz de un desgraciado suceso que el gobierno canario había conseguido mantener en secreto hasta el momento, y que querían que se resolviese antes de que se enterara la opinión pública. June le había dicho que en realidad había sido Carlos Alberto de la Rúa, a la sazón el implicado, quien había solicitado su intervención a través de Yolanda y su marido Enrique, dos buenos amigos que tenían en común, ambos con muchos inviernos surfeando a sus espaldas y vastos conocimientos sobre la historia y cultura del surf.

La luz de abrocharse los cinturones se iluminó en el panel superior, así que se metió un chicle en la boca y empezó a mascar para evitar el dolor de oídos que se avecinaba debido al incremento de presión y a lo estrecho de su canal auditivo tras muchos inviernos surfeando en aguas frías. Cinco minutos después aterrizó en la antigua ciudad de Puerto Cabras, donde le esperaba un robusto majorero portando un letrero con su nombre.

–      ¿Levis? – Le preguntó el fornido canario, primo hermano del Pollito del Tinajo, que es la versión canaria del primo de Zumosol.

–    El mismo.

–    Bentejuí Betancourt – Le dijo, mientras estiraba la mano que estrechó con firmeza, como hacía siempre. Desde luego el nombre le venía al pelo, podía haber sido perfectamente un príncipe guerrero guanche.

– Fuera tengo el coye – Añadió mientras movía su enorme brazo en dirección a la salida del aeropuerto.

El trayecto fue corto y transcurrió en silencio, salvo por la deliciosa mezcla de temas de reggae y cumbia que sonaba en el coche. El grandullón tenía buen gusto, pensó Levis.

El político, el magnate y su ayudante

Francisco Cabrera, Paco para los amigos, era la persona que el Cabildo había puesto para trabajar en el caso, aunque las palabras trabajar, político y canario rara vez iban en la misma frase. Junto a Paco había una mujer de unos treinta y pocos, de complexión fuerte y mirada inteligente a la que presentó como Alejandra Pilsner, la asistente personal de Carlos Alberto de la Rúa y que, al parecer, iba a ser la persona encargada de ayudarle en la investigación por deseo expreso del magnate argentino.

  •   “Un placer” le dijo, mientras le apretaba la mano a Levis con la               fuerza de una tenaza hidráulica.

–     “Bueno y ahora que se conocen ya pueden empezar a trabajar” comentó con desenfado el bueno de Paco, como si supiera lo que eso significaba en realidad.

–    “La señorita Pilsner le informará con detalle de todo lo que sabemos hasta el momento” añadió, tras lo cual se levantó de la mesa dando por terminada la reunión. Se veía que el caso le quemaba en las manos, entre eso y su natural desidia, el encuentro fue de lo más breve.

Una vez en la calle Alejandra le propuso ir a la casa de Carlos Alberto para ver la escena del crimen, de camino le explicaría con detalle lo acaecido.

Alejandra se manejaba con presteza y eficacia en las atestadas carreteras de la capital, llenas como estaban a esas horas del mediodía de coches con inexperimentados turistas al volante, en una ciudad donde apenas había semáforos. Fluía como el agua de un río entre los obstáculos, encontrando siempre un hueco para no quedarse atascada. Por fin salieron de la capital y enfilaron la carretera de la costa que conectaba Puerto del Rosario con Corralejo. Levis se relajó en el asiento del copiloto dispuesto a disfrutar de la belleza descarnada, a veces casi lunar, de esa parte de la isla. El azul verde turquesa del mar a la derecha, contrastaba con los cráteres volcánicos en ocres con trazas rojizas a su izquierda y, según avanzaba la carretera, los cráteres desaparecían dando paso al parque natural de las dunas. La preciosa e impactante estética del asfalto negro de la carretera atravesando las doradas, casi níveas, arenas le volvió a maravillar una vez más, a pesar de haberlo visto miles de veces antes.

Levis se había leído en el avión el informe que June le había preparado, aún así agradeció que Alejandra le pusiera al día del caso mientras conducía.

Carlos Alberto de la Rúa había sido el fundador y dueño de una de las marcas de surf más famosas de la industria y ahora, ya retirado, dedicaba su vida a disfrutar de su estimable fortuna. Una parte de ella estaba invertida en lo que todos consideraban la mayor y mejor colección de tablas de surf del mundo. Dentro de esa magnífica colección, la tabla de Greg Noll, con la que había surfeado la famosa marejada del 4 de diciembre de 1969 en Makaha, era la reina, y su robo, en palabras de Alejandra, era una auténtica tragedia para Carlos Alberto. La mansión estaba en la bahía de Punta Elena, con la isla de Lobos de telón de fondo. De arquitectura sostenible y corazón inteligente, la casa era elegante sin ser ostentosa, lo cual era de agradecer. Levis odiaba las horteradas de los nuevos ricos, empeñados en que el dinero se viese a toda costa. Solo había que ver las fotos de los objetos incautados por la UDEF a personajes como Granados o Ignacio González, chorizos sin escrúpulos, ni gusto alguno a la hora de gastar lo robado a las arcas públicas. ¿No hacía falta gente desbrozando y limpiando los bosques?… Pues eso, a limpiar el bosque los próximos veinte años.

Desde el ventanal del salón se podía ver el pico de Punta Elena y, al fondo, como si fuera un espejismo, limando el cráter de la isla de Lobos, la marejada del noroeste daba vida a la derecha de rodillos tubulares. Levis adoraba esa ola. Había sido lo suficientemente afortunado para surfearla junto a sus tres amigos de piso, solos, en 1995 y 1996. Y sabía que eso jamás volvería a pasar, ni con todo el oro del mundo podrías conseguirlo, la ola ahora parecía una romería cada vez que rompía. Una de las mejores derechas de Europa, si no la mejor: de largo recorrido, con secciones secas, tuberas y tramos para pegarle, si tenías el coraje. El mejor tubo que se había hecho en su vida había sido en esa isla y todavía lo recordaba como si hubiera sido ayer, cada gota de aquel maravilloso tubo.

Carlos Alberto entró en la sala, devolviendo a Levis a la realidad, donde Alejandra, con presteza, procedió a presentarlos. De aspecto elegante, casi aristocrático, de la Rúa lucía un moreno impecable, que hacía juego con su cuidado corte de pelo y su informal pero elegante ropa. Nariz recta, ojos inquisitivos y sonrisa de tiburón, componían a grandes rasgos el agraciado rostro del gaucho. Hablaba con una mezcla de acento argentino y estadounidense y lo hacía a una velocidad endiablada; un despiste y te habías perdido tres frases. Acompañaba sus veloces palabras con movimientos enérgicos de sus manos, que describían movimientos en el aire estilo Tai Chi, mientras hablaba. Una vez completados los formalismos Levis le preguntó acerca del robo.

• La casa está provista de un sofisticado last generation alarm system y sin embargo la alarma no se activó durante la salidera.

• ¿Y cuándo ocurrió?

• Fue el martes pasado, creemos que de madrugada, pero como el alarm system no sonó, no sabemos exacta la hora en que el chorro se metió. Aquel día estaba cansado y me fui temprano a la cama, sobre las diez. A la mañana siguiente nos dimos cuenta de que la tabla de Da’ Bull no estaba.

• ¿Quién fue la persona que se dio cuenta de que faltaba?

• Fue Ale, que estaba mirando el inventario para la exposición que queríamos hacer dentro de un mes.

• ¿Tiene alguna idea, por rocambolesca que parezca, de quién puede haber robado la tabla?

• Boludo, una persona como yo no llega hasta aquí sin hacer algún enemigo, eso sin contar mis dos exmujeres… Te haré una lista y te la haré llegar a través de Ale, espero que te sirva para encontrar al que me robó la tabla.

Levis le agradeció que le hubiese contratado.

  • Un placer, Enrique me dijo que vos eras mi hombre y Ale tenía buenos informes; el agradecido soy yo y ya sabes, cualquier cosa que necesites, solo tienes que decírselo a Ale.

El resto de la mañana la pasó con Alejandra revisando la casa, intentando encontrar, sin éxito, un fallo en la seguridad por donde el caco hubiera podido entrar. No había nada lo suficientemente obvio o grosero como para que saltara a la vista en una revisión superficial como la que estaban haciendo. Con más tiempo habría que intentar hacer una revisión más concienzuda.

El mafioso y su figlio

Alessandro Peruzzi era una persona respetada o, mejor dicho, temida. Su forma de manejar sin escrúpulos los negocios “de la familia” le habían aupado con los años a lo más alto, Capo dei Capi le decían, y nadie osaba  llevarle la contraria, al menos si quería seguir respirando. Pero Alessandro tenía una debilidad, su hijo Emanuele, la niña de sus ojos, su kriptonita. El problema era que el chaval desde hacía unos años solo quería jugar en las olas, hacer surfin o como se dijese. No quería saber nada de los prósperos negocios de la familia, de las jugosas y rentables extorsiones a los comerciantes, del tráfico de drogas, prostitución y trapicheos varios con políticos locales en todo tipo de obras públicas. El puto crío tenía pájaros en la cabeza, su ídolo no era Salvatore Greco o Giussepe Polverino, ni siquiera gente histórica como Lucky Luciano o Salvatore Maranzano, su ídolo era un niñato llamado Leo Fioravanti ¿Pero quién coño era ese Fioravanti? Un mocoso romano, encima romano, profesional de surf. Joder, ni siquiera era futbolista o piloto de motos, la civilización se iba al carajo, fijo que era maricón y de izquierdas. Pero por su figlio, su querido y único figlio, hacía y haría lo que fuera, siempre había sido así y seguiría siendo mientras viviese. Alessandro cogió el móvil y llamó a su empleado de confianza, Luca Rizzo, para ver cómo iba lo del regalo de su bambino, su cumpleaños estaba a punto de llegar.

Greg Noll, su tabla y la borrasca del siglo

Durante la última semana de noviembre de 1969 vientos huracanados estuvieron soplando el frente de una tormenta de más dos mil kilómetros, un área que iba desde el golfo de Alaska hasta Hawaii, una de las más grandes jamás registradas en la historia. Durante los primeros días de diciembre parte de la costa norte de Oahu tuvo que ser evacuada debido a la que fue llamada “The Swell of the Century” El 4 de diciembre el mar todavía estaba afectado de la borrasca previa del 2 de diciembre, con olas de más de seis metros, cuando la verdadera bestia empezó a enseñar sus fauces. Todos los picos del North Shore de Oahu estaban fuera de control, completamente desfasados por la fuerza del mar, incluso la bahía de Waimea cerraba de lado a lado con olas de más de quince metros.

Kam Highway inundada y las casas y los apartamentos frente a la costa norte tuvieron que ser evacuados al ser azotados por la fuerza de las olas que arrastraban algas y trozos de coral por metralla. La mañana comenzó con un mar gigante y glassy, pero poco a poco el viento fue entrando hasta subir a casi 50 km/h. Para cuando llegó el final de la mañana de los siete surfers que intentaban surfear ese gigantesco swell en el único sitio donde se podía, Makaha, ya solo quedaba uno, Greg Noll, completamente decidido a conseguir al menos bajar uno de esos monstruos en un mar gigante y volado de viento. Posicionarse en casi mar abierto, a más de 700 metros de la orilla, con montañas moviéndose a tu alrededor, no es empresa fácil, y Da Bull tardó al menos una hora en encontrar la zona idónea para intentar hacer el take off. Hacia el mediodía de ese día histórico, una serie enorme despuntó en el horizonte y Greg decidió remar una de esas bestias. Debido al ángulo de la borrasca y al tamaño, las olas cerraban pero Greg, sin importarle las consecuencias, agachó la cabeza, pegó la barbilla a la parafina y remó como si la vida le fuera en ello, cogiendo una de las olas más grandes a remo de la historia del surf con una tabla que él mismo había construido. Bajó la montaña de más de doce metros que avanzaba a casi 50 km/h hasta que la ola cerró y lo engulló. Se estima que la ola le arrastró unos 180 metros bajo el agua, donde estuvo al menos un minuto dando vueltas. Para cuando salió a la superficie a respirar, exhausto, pero vivo, habían pasado tres olas más por encima de él. A día de hoy aquella borrasca está considerada una de las mayores jamás registradas en el Siglo XX, arrasando e inundando Hawaii, la costa oeste de E.E.U.U y de otros países de América, con olas por encima de los quince metros. Botes y barcos fueron arrastrados hasta las autopistas, casas destrozadas y carreteras arrasadas por la pura fuerza del mar. Greg Noll se enfrentó en solitario a esas condiciones armado con su 9’10, una tabla tan pesada que a la mayoría de nosotros nos costaría llevarla hasta la orilla, como para bajar una ola de más de doce metros en ella.

Esa tabla histórica, ese trozo de historia del surf, había sido robada, había desaparecido.

La mañana había pasado en un santiamén y un súbito apretón en el estómago le recordó a Levis que era hora de comer, así que le propuso a Ale que se fueran al Avenida, uno de sus restaurantes locales favoritos. Paredes de lava, sillas de madera y camareros majoreros es lo que tiene el Avenida, además de raciones muy generosas de buenos productos de la tierra. Levis se decantó por unas gambas al ajillo con alioli y una sepia a la plancha, mientras que Ale eligió unas papas con mojo y una vieja a la plancha. Una hora después salían satisfechos y felices del restaurante, con la sana intención de revisar con más detalle la casa. Con un poco de suerte terminarían a tiempo de darse un baño de última hora. La minuciosa revisión no proporcionó ningún tipo de información, ni pista alguna, así que hacia las seis de la tarde le propuso a Ale ir a coger unas olas a Punta Elena, no sin antes pedirle que le diera toda la información que tuviese de las empresas que estuvieran involucradas de alguna manera en la construcción y mantenimiento de la casa y de aquellas que participaran en la exposición.

Tuvieron suerte con la marea y la corriente apenas tiraba, con lo que pudieron disfrutar de un baño tranquilo con olas obegé. Ale entró con un single 6’8 de resina pigmentada precioso, tirando a regordete y con nariz de pato, su estilo compacto pero fluido le sacaba todo el partido a la joya que tenía bajo sus pies. Levis pudo probar un bonzer de los Cambell brothers 6’1 de Ale, que le había robado el corazón nada más verlo. Una tabla rápida y sensible con el suficiente foam para fluir en las olas poco exigentes que rompían en marea alta.

Al atardecer, tumbado en la cama de la casa de invitados, Levis se dedicó a repasar los expedientes y la información que Ale le había dado sobre las empresas relacionadas con la casa y la expo, mientras sonaba en su altavoz portátil “Lake Marie” de John Prine. La casa había sido diseñada por un arquitecto sueco y construida por una compañía alemana, nada le llamó la atención. La empresa de jardinería que mantenía la propiedad, JARDINFUER, era majorera, ya preguntaría a sus contactos por ella y la encargada de la seguridad, de la instalación y mantenimiento de la alarma y demás sistemas de seguridad era una empresa italiana, TOP SERVIZI, lo cual no era de extrañar ya que Corralejo se había convertido en una especie de Little Italy en los últimos diez años. Por si acaso le echaría un vistazo con más calma. Las empresas involucradas en la exposición no parecían tener gato encerrado, la mayoría o tenían relación con el Cabildo Insular o con el mundo del surf. A las nueve plegó los papeles y se fue a dar una vuelta para estirar las piernas y de paso dar cuenta de una cena ligera. Para las diez ya estaba sentado fuera de la casa de invitados con la espalda contra la pared, echando humo y observando las estrellas.

Hace unos años la NASA enfocó el Hubble a un centímetro cuadrado de oscuridad, en una zona del cielo nocturno donde no parecía haber nada. Cuando vieron unos días después las imágenes captadas por el telescopio no se lo podían creer, en ese centímetro cuadrado de oscuridad aparecieron cientos de miles de galaxias, no de estrellas, de galaxias, con cientos de miles de millones de estrellas cada una y de posibles planetas orbitando alrededor de ellas. En un centímetro cuadrado de supuesta oscuridad del vasto firmamento.

Una suave brisa acariciaba las palmeras encima de su cabeza y la luz de la luna se reflejaba en medio de la bahía de Punta Elena tiñéndola de plata, donde la marea baja había formado pozos en los que flotaban en aparente calma miles de estrellas.

(continuará…)

WILMA Segunda parte

22/10/05

El nerviosismo del inminente viaje en solitario a Playa Grande, en Tamarindo, me hizo despertarme a las 7.30 pero Dani y Fla, los encargados del Hotel Rey Patricio, tardaron lo suyo en dar señales de vida. Desayunamos los restos de las tartas de la fiesta de cumpleaños de la noche anterior y aproveché para regalarles algunas cosas que me sobraban de comida, ya que sin frigorífico o tapers las hormigas acaban por comérselo todo. Les pasé el poco aceite de oliva que me quedaba, oro líquido, y cuando llegué al jamón de bellota de Jaunene, del que me quedan unos 80 gr, le pregunté a Fla

  • – Vosotros sois vegetarianos ¿No?

  • – Si – contestó Fla

  • – No, era porque me sobra algo de jamón serrano y era por si lo queríais. Pero bueno, siendo vegetarianos… mal.

  • A lo que Dani se apresuró a matizar.

  • – Bueno che, yo no soy del todo vegetariano… tratándose de jamón…

     Total que a Dani se le salían los ojos ante la visión del brillante jamón, con sus vetas de grasa salpicando el rojo intenso de la carne. Como suelo decir, si algún día me hiciera vegetariano seguiría comiendo jamón, porque el jamón no es carne, es JAMÓN. Hacia las 10.30 ya estaba en marcha, con las tablas de surf en el asiento del copiloto y la música de la radio como único acompañante. Tras la marcha de mis 5 amigos me había quedado más solo que la una y algo triste, muchas dudas me asaltaron, cosa común en mí, dudas de si había hecho bien en planear parte de mi viaje en solitario. Soy bastante decidido a la hora de planear las cosas, pero justo antes de tener que realizarlas me asaltan las dudas, aunque luego la experiencia me dice que soy capaz de apechugar con casi todo. Pero no me importa ser así, al revés, no me gustaría ser la típica persona segura de todo, ese tipo de gente, a mi entender, tiende a ser algo autoritarias, rayando en el fascismo o la arrogancia, pecado capital en mi forma de ver la vida. Y no es que me importara estar solo, al revés, disfruto mucho de mi compañía y he viajado solo a menudo, pero una cosa es viajar solo y otra muy diferente es quedarse solo. Dani, el argentino del hotel, me había dicho que el trayecto era bonito y que tardaría unas cuatro horas en completarlo. Como las pistas de la costa no son transitables durante la época de lluvias, tenía que rodear la península por el este para subir al norte, que es donde yo quería ir. La primera hora fue fácil, ya que conocía el camino por haberlo hecho un par de veces. Después de ese tramo debía llegar la carretera y empezar el bonito paseo que Dani me había descrito. Casi se me cae el alma a los pies cuando pasé el pueblo que yo conocía y me encontré con una avenida de 500 metros donde se podía celebrar la final de waterpolo de las olimpiadas centroamericanas. No paraba de llover, a la sazón lo hizo durante casi todo el viaje. Me detuve en un supermercado a la salida del pueblo y compré una Fresca, un refresco de Toronja al que estaba enganchado y que acabó por ser mi único alimento en todo el trayecto. Apurado le pregunte al de la pulpería a ver si toda la carretera o más bien la pista, ya que asfalto no tenía, estaba en ese estado. Su lacónica respuesta fue “Si, a veces un poco mejor, a veces un poco peor” ¡¡¡Joder!!! Como que en ese momento ya nos había pasado el Wilma y estaba a punto el Alpha, con lo que llevábamos unos 8 días seguidos lloviendo. Solo y cuando digo solo, es SOLO, durante kilómetros y kilómetros por la pista, sin cruzarme con nadie, ni un coche, ni una casa. Con tramos donde el agua llegaba a la puerta, sin saber si iba a poder cruzarlo sin que el coche se me calase, sin la posibilidad de tener alguien para ayudar a empujar si me quedaba atascado, con árboles derribados en las cunetas de 20 metros de altos, amenazando con cortar la carretera en cualquier momento. Baches tan grandes que un par de veces me choqué contra el techo del bote que pegué en el asiento al no poder esquivarlos. Poco a poco le fui cogiendo el cayo, en las cuestas arriba y las cuestas abajo no solía haber muchos baches ya que el agua bajaba en torrenteras por los costados de la pista, pero en las cimas siempre había agujeros ya que el agua se estancaba y el paso de los coches creaba zulos donde podías dejar una rueda o algo peor. Así estuve todo ese tramo del viaje, concentrado, con el vaho atenazado a los cristales debido a la humedad y con los oídos supurando un líquido que yo creía que era agua de mar y que más tarde supe que era pus de una infección. Un pequeño infierno verde, cagado de miedo… pero como no podía hacer otra cosa, seguí pa’ lante, encomendándome a la virgen tatuada de mi brazo. Tras 3 horas de viaje, doblé una curva y me encontré con lo que no quería encontrarme, pero que sabía que tarde o temprano me iba a encontrar. Un río y un pickup 4×4 a un lado y otros dos 4×4 en el otro lado. Paré y me bajé para preguntar que pasaba:

  • “¿Qué, no se puede pasar o qué?”

  • “No, es muy profundo, yo no puedo” – me dice el de la pickup que está en mi lado de la orilla.

  • “¿Y cuál es la alternativa?”

  • “Tiene que volver hasta Paquera, cruzar el ferry y luego conducir 2 horas hasta el puente de la Amistad y volver a cruzar a este lado del río Tepisque”

  • “¡¿Qué?!”                                                                                                                                   Eso significaba desandar todo lo conducido las últimas 3 horas, esperar el barco y volver ha recorrer lo desandado en el otro lado de la península, en definitiva, perder unas 8 horas. Esa no era una solución viable. Apareció una moto de trial y con un poco de callo el tío se lo hizo y consiguió cruzar el río. Como me veía indeciso, el del pick up me preguntó a ver que iba hacer. Yo miraba el río y la cosa tenía mala pinta, llovía, tenía todo mi equipaje en el coche y no había manera de llamar a la agencia de rent a car si tenía algún problema, estábamos en medio de la jungla. Si encallaba en el río la había cagado y bien cagado ¿Qué podía hacer? Si el río te arrastraba ibas a una catarata no muy grande pero lo suficiente alta como para volcar, caer panza arriba y ahogarte como un panchito. Flipao. Al final me decido y le digo al tío que me vuelvo, que no me la juego, a lo que él me contesta:

  • “Si yo tuviera su coche lo intentaría, el mío es muy largo y toca, pero el suyo es corto y alto, seguro que puede”

  • “Y porque no lo pasa por mi, yo le dejo mi coche y lo pasa” le contesté.

  • “¡Ah, no!”                                                                                                                                     Hay que joderse – pensé- dice que se puede pero no se atreve. Joder ahora que estaba decidido – pensé. Volví a mirar el río, me descalcé y me metí para ver como estaban dispuestas las rocas del fondo. No era muy ancho, pero si profundo y con bastante agua. Qué indecisión, por un lado estaban las 8 horas de rodeo y por el otro la posibilidad de atascar el coche en medio del río y quedarme tirado en la jungla con todo el equipaje. Crucé al otro lado otra vez andando y les pregunté a los que estaban en ese lado del río cómo estaba la carretera a partir de allí. Me dijeron que estaba a tan solo 2 km de la carretera asfaltada. Eso fue lo que me terminó de convencer, si conseguía cruzar el río ya habría pasado lo peor. Me monté acojonado en el Daiatsu Teiros 4×4 y me acerqué a la orilla… Una cosa es decir que lo vas hacer y otra cosa es vencer ese segundo crítico donde se toma la decisión de meter primera y pisar el acelerador… Donde ya no hay vuelta atrás… ¡Joder! ¡Qué carajo! ¡A tomar por culo! – pensé – y pisé a fondo. Clink, clank, tonck, trunck y ya estaba en el otro lado chorreando agua por los laterales del coche, lo había conseguido. Un chute de adrenalina brutal me invadió el cuerpo, salí hiperexcitado del coche, saltando como una jodida pulga marina, todo el mundo me abrazaba y gritaba. Detrás mío pasaron los otros tres coches, vamos que fui el conejillo de indias, el guiri tonto y güevazos. Me temblaban hasta los empastes. 2 km después encontré la carretera y una gasolinera, llené el depósito y le cogí a un chaval que hacía dedo, Isaac el de la foto, durante 1 hora y 30 minutos me hizo compañía. No paró de hablar, lo que yo agradecí tras haber estado tanto tiempo solo, después de que bajase el chute de adrenalina me encontraba como si estuviera colocado de algún opiáceo. A partir de allí todo fue algo más sencillo, seguía habiendo boquetes en el asfalto que amenazaban con tragarse mi 4×4 al completo, pero todo me parecía sencillo tras el marrón que había pasado. Al final me decidí por ir directamente a Playa Grande, ya que Tamarindo se ha convertido en un pequeño Miami pero en chapucero. Llegué a Kike’s place, un hotel barato, sencillo y con buen ambiente, a las 8 de la noche con solo la fresca en el cuerpo y agotado mental y físicamente, descojonado, pulido, debía parecer un ciclista tras la etapa reina del Tour. Los oídos me supuraban pus y uno de ellos llevaba todo el día taponado, el otro solo se taponaba cuando me tumbaba. El hotel me lo había recomendado mi amiga Vanesa Bustillo, le pedí por favor una habitación a Yanira, la dueña. y tras cenar una crema de champiñones y un cordon Bleu, me arrastré hasta la habitación. Me lié uno bien gordo y mientras oía un poco de música, dejé, arrullado por el humo dulzón, que las imágenes de aquel día de aventura pasearan por mi mente, mientras una sonrisa boba mezcla de orgullo y satisfacción se dibujaba en mi rostro.

    Pura vida

PEARLS OF WISDOM

Música recomendada: If we were Vampires, Jason Isbell & the 400 Units

I’m going to tell you a secret a serial killer, who I met when I was 14, revealed me: “You’re all gonna die, you too”

Cancer was the name of the killer, and he taught me that despite what most of the society wants you to believe, there’s no relation between the length and the quality, a lot isn’t synonymous of good. What makes good a film, a song, a trip or a life, has nothing to do with how long or short it is, but with the scenes, the notes or the experiences it contains. Cancer taught me to live life with courage “Don’t take life for granted” he told me, live each moment as if it was the last one. Always be present because the present is a gift, and be grateful, there’s always someone suffering more than you. Love the ones you’re with and be generous showing it, don’t leave it for tomorrow, tomorrow may not come. And love yourself, or you wont be able to love.

Society presents life as a fountain were water flows eternally, promoting squandering. We consume with out value or measure the most precious good, the only one you can’t buy, TIME… When life actually is more like a bottle were you can’t see the inside or feel the water left. Only when you are aware that the bottle has and end, you’ll be able to appreciate the incredible miracle each drop is and the fact that each one of them is irreplaceable. Only when you accept death as part of life, you are capable of giving life the real value it has.

COURAGE, HONOUR and LOVE

Why we travel

I was absorbed thinking about a traveling article, considering the different approaches, but nothing seemed to convince me, I only had one question that keep banging in my head. Why we travel? What makes so attractive watch the objets pass by, the persons, the landscapes behind a window? But I couldn’t find a good answer, so I gave up and deicide to seek for an article I wanted to rescue from my old laptop and by chance I found the link to a photographic blog of a surfer of New Jersey I met in Playa Grande, north of the Nicoya’s Peninsula, in Costa Rica. When I opened the photos he had under the title Costa Rica November 2005, a torrent of memories flooded my mind, smells, tastes, the heat, the bare feet, the jungle, it all appear unexpectedly and it caught me so unaware, that my heart shrunk.

When I met Bryce, I had just started my solo trip after my friends have left back to Getxo and to tell you the truth, I wasn’t feeling at the top of my spirit, vital for a trip on your own. I’ve already traveled on my own, but I had never been left on my own in the middle of a trip and the nostalgia of the company of the good friends, was affecting me more than I expected. To help, during the last week, the tail of the Hurricane Wilma, the strongest ever recorded in the Atlantic, had passed over us. I have never seen pour that way, even though I’m from the North, I had to cross half of Costa Rica on my own, over dirt tracks in the jungle were you didn’t cross path with a human being for hours, all flooded with water and mud. When I finally arrived to Playa Grande, to the hotel of Yanira, “Kike’s Place”, both of my ears were plugged up from an infection and I was exhausted, Knackered of the tension and fatigue of the 8 hours drive, with only a Fresca (soft-drink) in my stomach. The room that the sweet Yanira could give me, wasn’t very lively, but after a good supper I felt down in one of the two beds I had in my room. The next day came and it was still raining and the sea was torn by the wind. I have travelled to the north of the peninsula in hopes of a better weather, and the trail of the Hurricane said so, but the humidity was still present in the air, so much, that still today when I smell humidity, my brain immediately takes me back to those days. I visited the Doctor Murillo to check my ears and she gave me some drops to heel the infection. Yanira got me a brighter and happier room and I spended the day reading and practicing a bit of yoga, to stretch my body after the torture of the driving.

At night the bad thoughts stalked in the shadows, hidden behind doubts if I’ve done right planning the rest of the trip on my own, so much time wanting to return to Costa Rica, years waiting to have time and money and there I was, half downcast in my nostalgia. But morning came  and with it a beautiful sunrise and at the hour of the hare, which is how the Africans call that moment when the sun hasn’t rise yet, but the light already leaves shadows in the objets, I stepped off my room with my jacket and my surfboard under my arm, to walk the 200 meters that separated me from the beach. The wind was in calm and the were head high waves breaking with the morning laziness. Everything in me started to change in that precise moment, the energy of the sun, the waves, made me feel like another person. Bryce was in the water, he seemed to be the toughest of all the surfers out there that morning. Big, shaved head, goatee and tattoos, he had it all, even a black bottom board and camo trunks. As it happens most of the times, Bryce was such a nice guy, we soon got along and after the surf we had breakfast together. Since that day we shared quite a few surfs with his nice friend and some fruit juice, with scramble eggs, toast and tocineta (bacon). Bryce is the type of person you love to hear, his opinions and reflections made you think or laugh hard. He is thoughtful, ingenious, detail-oriented and cultured, together with his friend, Kim and Lisa a couple from Canada and Tom a young police from South Caroline, made my trip one of the best I can remember, because of the people I met and the experiences I had. Two weeks full of waves and sun and although I have some surfs engraved in my mind, sometimes it’s the everyday things I remember with more affection. Like the feeling of calmness and fulfillment you experiment having breakfast for the second time after a dawn patrol session, the heat that enables you to go bare feet all day and all of the night, the drops that slide through your glass of banana milkshake, the local workers watching the tely, which is in a metal cage so nobody can steal it, the football(Soccer) match between the Liga Alajuelense and the Deportivo Saprisa, the view of an ordinary village when you drive through on your way, their people, there way of living, the sunsets in good company, the sound of the jungle, the howling monkeys, the thousands of millions of stars in the hot night skies, the glow worms hanging like Christmas lights on the trees.

Remembering the trip through the pictures of Bryce Nihill, 8 years later, I realize the reason we travel or at least why I travel, is for experimenting new sensations, to meet new people, to smell fragrances never smelled before, to taste flavors unknown, to see and hear what’s never been seen or hear before. Because that, at least to me, I feel it makes me a better person and in the end that’s all it matters. No?

Pura vida.

WILMA 1ª Parte

Música recomendada: Love of Lesbias. Canción: Bajo el volcán

17/10/05 – Por la mañana fuimos todos a Playa Hermosa para surfear juntos por última vez, ya que a la tarde Kao y Laura se iban a San José, Kao porque tenía que trabajar al día siguiente, Laura por que quería conocer el Caribe y que el Caribe le conociese a ella…todavía no se ha recuperado… el Caribe. Así que después de un baño de medio metro pasado algo tocado, nos fuimos al rey Patricio a recoger el equipaje y emprender la tortura que suponía ir a Paquera, entre hora y media y dos horas de botes, hoyos y baches, pero cuando estás de vacaciones con los amigos hasta eso te parece un buen plan y bien que lo pasamos. Comimos en la soda del Paquebote, unos arroces con camarones, otros chuletas de chancho, ensalada, gallo pintos y hasta una hamburguesa de Ainhi creo recordar. El sol en su trayecto al ocaso dejó una luz maravillosa que bañaba de oro todo lo que tocaba; en el exterior de la soda y a la izquierda del embarcadero principal, había uno más pequeño con embarcaciones locales flotando perezosamente en esa lengua de mar interior. El tiempo se detuvo, la jungla rodeaba sin dificultad todo lo que no era agua y emitía su sonido cacofónico tan característico mezcla de gritos de aves, insectos y monos, y yo de pies en el manglar no tenía suficiente belleza en mis palabras para describirme lo que estaba viendo. Entré dentro a la carrera y cogí la cámara para plasmar aunque solo fuera un migaja de lo que estaba viviendo.

Ver partir a los amigos nunca es plato de gusto, pero tan solo era un hasta luego y no un adiós. Mientras volvíamos para Santa Teresa, Ikeriltxo localizó una estación de radio en la que pinchaba un papito bastante bueno, hip-hop latino, cumbias, bachatas, merengue, bañenato… A oscuras por una pista-carretera con un muro verde a cada lado, la discoteca con ruedas de los Canteros era digna de ver y oír. Con las ventanillas abiertas por el calor nocturno, húmedo, pegado como una segunda piel, dando un extraño brillo a los cuerpos, como si fueran de marfil. “Another night, another night, otra noche sin tenerte, eh, eh, oh, oh” Y Ritzo se movía recordando las rápidas lecciones que una mulatona le había dado en San José. Ikeriltxo también le daba duro al regaetón, los baches ayudaban a la coreografía, y solo le faltaba ponerle un nombre al cabezal del asiento para salir a bailar ‘perreo’ con él. En este estado de euforia, rebotando en cada agujero, producido por la música y el humo dulzón que desprende el liable que portaba entre mi dedo índice y corazón, mezcla de monte y resina, recibimos el anuncio de alerta roja. La radio se interrumpió con unos pitidos como de despertador digital nipón y una voz seria anunció “¡Atención! ¡Alerta roja por posible llegada de Huracán! Las localidades de Heredia, Guanacaste Norte, Guanacaste sur, Liberia, Caribe y península Osa están en alerta roja a partir de mañana por el paso de la tormenta Wilma que se espera que se convierta en Huracán esta noche. La llegada se estima para las 2 de la tarde PI, PI, PI, PI”

Yo me quedé flipado, pero Ritzo al lado mío saltaba como una jodida pulga marina. ¡Qué coño estaba gritando el gandul de él! “¡¡¡Alerta Huracán!!! ¡¡¡Vamos a morir!!! ¡Graba esto Eduardo, aunque solo sea la voz, hay que grabarlo. ¡¡¡HURACAAAAAN!!!” Sacaba la cabeza por fuera de la ventanilla para gritarles a Pier, Ainhi y Maia que iban delante en el otro coche “¡¡¡Huracáaaan!!! ¡¡Hay que avisarles Edu, vamos a morir!!” Lloraba de risa el muy canalla. Y ahí estábamos, perdidos en la esquina de la península de Nicoya mientras Wilma iba creciendo para pasar de tormenta tropical a Huracán de fuerza 2.

Wilma acabó por convertirse en Huracán de fuerza 5, la máxima, pero eso no fue lo peor para las gentes que lo sufrieron, lo peor fue su velocidad. No la de los vientos interiores superiores a 200Km/h si no su velocidad de avance, al ir muy lento es como si te pasaran 3 huracanes por encima. Destrozó sin piedad buena parte de la Costa Mejicana, no dejó piedra sobre piedra, Cuba, Florida… Aquel Otoño se batió el record de Huracanes de la historia, con lo que las alertas acabaron por ser algo casi rutinario. Pero no aquella noche, en el que la lección de física nocturna de Maia sobre la dualidad onda corpúsculo y como la luz se puede comportar como onda y partícula fue sustituida por nuestros escasos conocimientos sobre los huracanes y nuestras dudas acerca de si las cabañas podrían soportar un Huracán, al día siguiente a las 2 lo comprobaríamos.

18/10/05 Aquel día nos levantamos con Wilma en la mente, todo giraba alrededor de la posibilidad de que llegara el Huracán. El día estaba encapotado, con esa calma tensa… que precede a la tempestad. Después de desayunar nos fuimos andando, como todos los días, a surfear. Para llegar a playa Santa Teresa había que recorrer un par de kilómetros por la arena, con la tabla bajo el brazo y la licra o la chaquetilla bajo el otro. Yo no paraba de mirar a lo alto de las colinas o al insoldable oceáno en busca de alguna señal que anunciase la catástrofe inminente, pero na’ Wilma no asomaba la cabellera. Pero nos rondaba a todos por la cabeza, como el amante febril ronda la ventana de la amada. Ritzo andaba como siempre repartiendo bromas y pullas entre el grupo, supongo que para liberar tensión.

¿Seviría llegado el caso, atarse con el invento a una palmera cocotera? ¿Dónde tendrías más posibilidades de sobrevivir, en la orilla del mar o jungla adentro? ¿Cuándo empiece a soplar de verdad el huracán nos dará tiempo a llegar al hotel o saldremos volando atados a nuestras tablas hasta la jungla? ¿Se le verá venir a Wilma o llegará sin previo aviso? Ideas bomberiles de este pelo cruzaban mi mente cada par de minutos mientras escrutaba el horizonte… ¿Estaré mirando en la dirección correcta? ¿Y si viene por el otro lado? Y giro la cabeza como si fuera la del exorcista para controlar mi espalda. Una cosa estaba clara, seguro que ese día nadie pensó en los tiburones de Ritzo.

En Santa Teresa el mar estaba algo tocado, pero apenas había viento, nos pusimos los inventos ¿Será buena idea o el invento al final hará que me arrastre el viento junto a mi tabla? Y pal’ agua. Las olas seguían siendo algo mediocres, pero tenían fuerza y algunas abrían. Como siempre conseguir llegar al pico fue una odisea digna de Jasón y los Argonautas ¡Qué remadas! Sentados esperando la serie, el vacile continuaba, con esa risa nerviosa casi exquizofrénica. Una hora y media más tarde de repente las nubes bajaron y lo cubrieron todo, apareció una fina lluvia y con ella se levantó algo de viento. No lo pensamos dos veces, zafarrancho y todos para el hotel. ¿Arrancará las palmeras o flexarán como el bambú? ¿Resistirá el hotel? ¿Tengo agua suficiente? ¿Y comida?… “Fíjate en los animales, ellos notan la llegada y avisan con su actitud”… Y me giraba buscando los guacamayos y las loras para ver que hacían los pájaros… Ritzo seguía vacilando, pero no se quedaba atrás… Ducha al aire libre delante de la habitación y todos nos reunimos para ir a Santa Teresa a Internet y comer algo en la Pizzería Tomato.

Wilma sigue sin dar señales de vida, mejor, así que cuando vemos a un par de los locales salir con la tabla para el pico de ‘La Lora’ y tras pillar algo de Monte a ‘Perro’, salimos zumbando para el hotel a coger otra vez las tablas para surfear. Para cuando llegamos de vuelta y entramos al agua aquello es una piscina donde las olas a penas rompían por falta de fondo, parecía Arrigúnaga en marea alta. Tras el fiasco del último baño nos encaminamos al hotel a cenar con la intención de acostarnos pronto para ir al día siguiente a Moctezuma y visitar la reservar absoluta de Cabo Blanco. Risas nocturnas bajo el vuelo de los murciélagos, monte e Imperial.

¿Y Wilma?

Nació como tormenta el 15 de Octubre en la zona de Jamaica y se convirtió en Huracán de categoría 2 el 18 de Octubre, intensificándose explosivamente al pasar en tan solo 24 horas a categoría 5. El Huracán Wilma fue la vigésimoprimera tormenta tropical (empatando el récord de 1933) y el decimosegundo huracán (empatando el récord de 1969) de la temporada de huracanes del Atlántico de 2005. Wilma fue el tercer huracán de categoría 5 de la temporada, batiendo el récord de las temporadas de 1960 y 1961. Es el huracán más intenso registrado en el Atlántico y el décimo ciclón tropical más intenso registrado en todo el mundo (los otros 9 fueron tifones), con la presión más baja reportada en el hemisferio occidental, un récord que ostentaba el Huracán Gilbert con 888 mb, Wilma alcanzó los 882 mb.

Además, Wilma fue el tercer huracán de categoría 5 registrado en el mes de octubre, los otros dos siendo el Huracán Mitch de 1998, y el Huracán Hattie de 1961.

Wilma alcanzó tierra en más de una ocasión, provocando sus efectos más destructivos en la península mexicana de Yucatán, Cuba y en la parte sur de la península estadounidense de la Florida. Se reportaron 47 decesos relacionados con la tormenta, y los daños se estiman entre 18 y 22 billones de dólares ($14,4 de estos solamente en Estados Unidos) que colocarán a Wilma entre los 10 huracanes más costos del Atlántico, y en el quinto lugar entre los más costosos para Estados Unidos en particular (detrás de Katrina, Andrew, Charley e Iván).

Costa Rica decretó alerta en las regiones norte, sur y este del país, ya que las fuertes lluvias seguían anegando la mayor parte del territorio. De lo cual fui testigo unos días después cuando decidí ir hacia el norte de la península de Nicoya en busca de mejor tiempo.

Pura vida